Amigos, hoy celebramos la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María. El dogma de la Asunción de María describe la salvación completa del primer discípulo de Jesús.

En el Credo de los Apóstoles expresamos nuestra esperanza en “la resurrección del cuerpo”. María, asunta en cuerpo y alma al Cielo, ha experimentado precisamente esta resurrección y, por lo tanto, se convierte en un signo de esperanza para el resto de la raza humana.

Cuando hablamos de la Asunción del cuerpo de la Santísima Madre, no es que estemos imaginando un viaje al espacio, como si María se moviera hacia el cielo. Los “cielos” son un rico símbolo bíblico, consistente con lo trascendente, para una forma de existencia que se encuentra más allá de nuestras dimensiones familiares de espacio y tiempo.

La Asunción de María significa que la Santísima Madre fue “convertida”, en la totalidad de su ser, de este sistema dimensional a uno superior para el cual usamos el término “cielo”. María, que existe ahora en este otro mundo, no está tanto en otro lugar sino más bien de otra manera, y esto nos ayuda a explicar por qué podemos hablar de ella, en su estado celestial, intercediendo, ayudando y orando por nosotros.