Amigos, en el Evangelio de hoy, Jesús nos dice que al árbol se lo conoce por sus frutos. En el quinto capítulo de la Epístola a los Gálatas, San Pablo habla sobre esto de modo muy específico. Nos dice que los frutos del Espíritu Santo son “amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia”, indicando que la presencia del Espíritu en la vida de uno puede verse cuando irradia estas cualidades que expanden el alma.

Los “frutos del Espíritu Santo” en San Pablo son signos de una magna anima (gran alma) que se expande mirando al mundo que la rodea, y contrasta con la pusilla anima (el alma estrecha) del pecador. El amor es querer el bien del otro por el otro mismo; y la alegría se difunde por sí misma; la paciencia soporta lo problemático; la bondad hace al otro amable; la temperancia restringe los estragos que el ego puede causar; etc.

¿Cuándo está presente el Espíritu? Cuando estos atributos son despertados y se mantienen; cuando nuestras almas se hacen grandes.