Amigos, en el Evangelio de hoy, Jesús se reúne con sus doce elegidos en el momento culminante de Su vida y hace algo tan extraño que aún nos sorprende dos mil años después: se quita la túnica, se pone una toalla alrededor de la cintura y comienza a lavar los pies de los discípulos.
El filósofo del siglo XIX Hegel dijo que toda la sociedad humana, en diversos grados, se caracteriza por una dinámica de amo-esclavo. Mucho antes de Hegel, el gran san Agustín notó lo que él llamó la libido dominandi, o el “deseo de dominar”, como una señal de una sociedad disfuncional. Mucho antes de Agustín, los autores del Antiguo Testamento también estaban interesados en este problema, porque una historia central en las Escrituras es la esclavitud y la liberación de la esclavitud: el evento de la Pascua.
Pero ahora vemos en el Evangelio de Juan cómo la señal distintiva del reino de Jesús es precisamente una reversión de la dinámica amo-esclavo. Jesús se inclina para hacer un trabajo que era tan bajo y francamente grosero que sólo se esperaba que lo hicieran los esclavos, y nos dice: “Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.”. ¿Y qué hace más tarde en la misma cena? Se entrega por completo en la Eucaristía: “Este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes”.
