Amigos, en el Evangelio de hoy escuchamos el Magnificat —el gran himno de alabanza de María a Yahweh. 

El himno comienza con la sencilla declaración: «Mi alma glorifica al Señor». María anuncia aquí que todo su ser está ordenado a la glorificación de Dios. Su ego no quiere nada para sí misma; sólo quiere ser ocasión para honrar a Dios. Pero como Dios no necesita nada, cualquier glorificación que María le brinda vuelve para su beneficio, de modo que ella se magnifica en el mismo acto de magnificarlo. Al entregarse plenamente a Dios, María se convierte en fuente de vida sobreabundante; de hecho, queda embarazada de Dios. 

Este extraño y maravilloso ritmo de magnificar y ser magnificada es clave para comprender todo sobre María, desde su maternidad divina, hasta su Asunción e Inmaculada Concepción, y su misión en la vida de la Iglesia.