Amigos, en el Evangelio de hoy Juan el Bautista pregunta a Jesús si es “Él mismo… ¿o tenemos que esperar a otro?”. Cuando esta consulta es transmitida a Jesús, el Señor no responde teóricamente, sino más bien señalando cosas que están ocurriendo. 

“Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia el evangelio a los pobres”.

¿Estaba Jesús haciendo todo esto en un sentido literal? ¡Si! Que Él era un obrador de milagros y sanador fue una de las percepciones fundamentales respecto a Jesús. Cuando Dios vino a nosotros en Cristo, se dedicó a reparar su creación herida y destrozada. Él no está interesado sólo en las almas sino también en los cuerpos. 

Y es por ello que encontramos los relatos del hombre nacido ciego, de Bartimeo, del hombre paralítico que fue descolgado a través de un techo para llegar a Jesús, de la mujer con el flujo de sangre, del hombre sordo y tartamudo al que Jesús le dice “¡Ephphatha!” (¡Ábrete!). También vemos lo que sucede con Lázaro y con la hija de Jairo y al hijo de la viuda de Naín.