Amigos, el Evangelio de hoy habla de la victoria de Jesús sobre la muerte al resucitar a Lázaro. ¿Y si la muerte no era en absoluto lo que Dios había planeado? Fíjense, me refiero a la muerte tal y como la experimentamos: como algo temible, horrible, aterrador. Esto proviene de habernos alejado de Dios.
Jesús vino como guerrero a batallar contra un enemigo final, que es la muerte. Es fácil domesticar a Jesús, presentándolo como un amable maestro moral. Pero no es así como lo presentan los Evangelios. Él es un guerrero cósmico que viene a luchar contra aquellas fuerzas que nos impiden vivir plenamente.
A lo largo de los Evangelios, Jesús confronta los efectos de la muerte y de una cultura obsesionada con la muerte: violencia, odio, egoísmo, exclusión, religiones falsas, comunidades falsas. Pero al enemigo final que debe enfrentar es la muerte misma. Al igual que Frodo cuando va a Mordor, tiene que ir al territorio de la muerte, acercarse y enfrentarse con ella.
Al llegar a la tumba de Lázaro, Jesús siente las emociones más profundas y comienza a llorar. Es Dios entrando en la oscuridad, confusión y agonía de la muerte de los pecadores. No está despreocupadamente por encima de nuestra situación, sino que la enfrenta y siente en su nivel más profundo.
