Amigos, nuestro Evangelio de hoy contiene una escena del juicio final. Escuchamos entonces los detalles, que son acerca de un amor expresado de modo concreto: “Porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver”. Conocemos también la famosa frase que a continuación dice Jesús: “Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”.

Hay algo temible en la especificidad de estas demandas. Esto no es amor abstracto, como tener afecto por la “humanidad”. Sino es el cuidado de la persona sin hogar, de la persona que está enferma, de la persona que está en prisión.

No llevamos nuestro dinero, nuestro estatus social, nuestro poder mundano, al mundo siguiente; pero si nos llevamos la calidad de nuestro amor. Tal vez podríamos considerar hacer un examen de conciencia al final de cada día, y usar como criterio de evaluación este pasaje. Quizás colocarlo en una pared o junto a tu cama para que puedas verlo antes de irte a dormir.