La narración del discurso de Pablo en el Areópago, que se encuentra en el capítulo diecisiete de los Hechos de los Apóstoles, es como una clase magistral de evangelización de la cultura, y cualquiera que se dedique a esta tarea hoy en día debería leerlo con cuidado. El contexto del discurso de Pablo es su misión en Grecia, que comenzó cuando cruzó de Asia Menor al continente europeo. Como el gran historiador católico Cristopher Dawson dice, el paso de un predicador judío itinerante de un lado al otro del Egeo no despertaría el interés de ningún historiador convencional de la época, pero el hecho es que constituyó uno de los eventos más decisivos de la historia, pues señala la introducción del cristianismo en Europa y, a través de Europa, al mundo entero. Una primera lección para nosotros: un evangelista nunca descansa, pues el mandato del Señor es anunciar la Buena Nueva hasta los confines de la tierra.

Después de pasar un tiempo en la parte norte del territorio —Macedonia, Filipos, Tesalónica— Pablo retornó a Atenas. Hay que tomar en cuenta que, aunque su predicación en el norte dio algunos frutos, también suscitó una oposición feroz. Fue arrestado y hecho prisionero en Filipos y perseguido agresivamente en Tesalónica por una multitud enfurecida. Desde el comienzo, la predicación del cristianismo encontró oposición y los predicadores cristianos se pusieron en peligro. Los que se aventuran en este campo hoy en día no deberían sorprenderse de que el trabajo sea duro. Pero quisiera poner un énfasis especial en el hecho de que Pablo fue a Atenas, quizá el mayor centro cultural de la Roma antigua. Es un hecho constatado que los cristianos —de Pablo a Agustín pasando por Tomás de Aquino, John Henry Newman y Juan Pablo II— se encaminaron hacia centros de pensamiento, comunicación y arte. Si la gran misión de Jesús ha de ser honrada, la cultura debe ser evangelizada.

Al llegar a la gran ciudad, Pablo se fue directamente —como era su costumbre— a la sinagoga, pues su Buena Nueva es que Dios, Jesucristo, había cumplido la promesa que le hizo a Israel. Sabía que los judíos estaban en mejor posición para entender de lo que hablaba. Encontramos aquí otra lección crucial para los evangelizadores de hoy en día: no debemos olvidarnos de la relación inquebrantable entre Jesús y los judíos. Cuando hablamos de Jesús sin referencia a la Torá, al templo, a las profecías, a la alianza, lo convertimos rápidamente en un maestro más o menos inspirador de verdades imperecederas. Pero cuando lo anunciamos como el clímax de la historia de Israel, prendemos fuego en los corazones de quienes nos oyen.

Después se nos dice que Pablo fue “al mercado y habló con los que se encontraban ahí”. Los hijos e hijas de Israel eran los mejor dispuestos para aceptar el mensaje de Pablo, pero el Evangelio era para todos. Así, su evangelización era exorbitante, indiscriminada, ofrecida en calles y tejados, a cualquiera que quisiese escuchar. La nuestra debe ser así. Sé que incluso pensar en ello es un poco descorazonador, pero siempre fui un fan de predicar en la calle: ponerse en una esquina o subirse a una caja de madera y anunciar a Jesús. ¿Se burlarán de ti? Claramente. Pero también se burlaron de Pablo. Y para demostrar el alcance de su predicación, se nos dice que Pablo dialogó con algunos “estoicos y epicúreos”, o sea, con las voces filosóficas de moda del momento. El evangelio debe ser, como Pablo mismo dijo, “todo para todos”, capaz de interpelar a la gente más común y también a los más sofisticados.

Cuando llega al Areópago —una roca que aflora justo debajo del Partenón— Pablo dio un discurso que ha sido justamente celebrado. De acuerdo con el viejo artificio retórico de la captatio benevolentiae (ganarse la buena voluntad de la audiencia), Pablo alaba a los atenienses por su sensibilidad espiritual: “veo cuan religiosos son en todas las cosas”. Hay más aquí, claro está, que mera cortesía, pues Pablo está apelando a aquello que los Padres llamarán luego logoi spermatikoi (semillas del verbo): o sea, pistas, ecos e indicaciones del Logos que se revela completamente en Cristo. “Pues mientras caminaba por la ciudad y observaba sus objetos de culto, me encontré con un altar con la inscripción ‘al Dios desconocido’”. En una palabra, eligió construir sobre unos principios religiosos que ya existían en la sociedad a la que se dirigía, asimilando en su distintivamente cristiana alocución lo que podía de ellos. Mi mentor el Cardenal George Francis a menudo afirmaba que uno no puede evangelizar una cultura que no ama.

Al mismo tiempo, Pablo no ratifica en todo a la sociedad a la que se dirige. Parado justo debajo del Partenón —el templo más impresionante del mundo antiguo, que albergaba una escultura gigantesca de la diosa Atenea— Pablo anuncia: “El Dios que hizo el cielo y la tierra y todo lo que hay en ella, aquel que es Señor del cielo y de la tierra, no vive en templos hechos por el hombre”. ¡Eso tenía que haber llamado la atención! Había semillas de la palabra en la cultura ateniense, pero también prácticas idolatras y teologías erráticas. El evangelista astuto, que se mueve en la cultura de su tiempo, asimila lo que puede y evita lo que debe. La dicotomía, tan a menudo evocada, entre estar “abierto” a una cultura o estar en “guerra” con ella es simplista y no nos lleva a ningún lugar.

Uno podría pensar, al terminar este magnífico discurso, que con él Pablo convirtió a multitudes, pero de hecho el resultado fue bastante exiguo: “Cuando oyeron de la Resurrección de entre los muertos algunos se burlaron; pero otros dijeron ‘escucharemos lo que tienes que decir sobre esto otra vez’”. Solo un puñado de personas estuvo dispuesto a darle a Pablo el beneficio de la duda, y aún así, fueron la semilla de la cristiandad europea, y por tanto de la cristiandad que se extendería por todo el mundo. Una lección final para los evangelistas: de acuerdo con el principio de la Madre Teresa: no se preocupen por el éxito, preocúpense por ser fieles. Anuncien el Evangelio, no lleven cuenta de los conversos y dejen su incremento a Dios.