Escribo estas palabras en el aeropuerto de Roma, de camino a Inglaterra, donde presento un paper sobre San John Henry Newman y la evangelización. Sigo deslumbrado por la espléndida Misa de canonización de ayer, presidida por el papa Francisco y de la que participaron decenas de miles de obispos, sacerdotes y fieles de todo el mundo.

Colgando de la galería central de la basílica de San Pedro durante la liturgia estuvo el maravilloso tapiz que representaba a Newman, y estuve observándolo frecuentemente mientras progresaba la Misa. No puedo ni imaginar lo que Newman hubiera pensado si alguien le hubiera dicho en 1846, cuando llegó a Roma para empezar sus estudios para el sacerdocio, que un día en un futuro distante tendría lugar su Misa de canonización en San Pedro. Seguramente se hubiera quedado atónito. Recientemente convertido a la fe, visto por muchos de sus antiguos correligionarios como un traidor, incómodo en el ambiente intelectual católico, el Newman de 1856 se sentía profundamente desorientado. Cuando fue a darle una visita de cortesía al Papa Pío IX, Newman se arrodilló para besarle el pie, como dictaba la costumbre de entonces, y se las ideó para golpearle la rodilla con la cabeza en el proceso. Esto, contó luego, resumió su relación con Pío IX, y también es una buena imagen de su inicial incomodidad y sensación de extrañeza con el mundo católico.

Las cosas no mejoraron mucho cuando Newman volvió a Inglaterra. Los anglicanos, que constituían la gran mayoría de la población, seguían sospechando de él, y los católicos aún no le aceptaban del todo. Cuando le nombraron rector de la recién fundada Universidad Católica de Dublín, Newman compuso una magnífica serie de charlas que después fueron reunidas en su libro La idea de Universidad, pero también se encontró con una considerable oposición por parte de los obispos de Irlanda, que se preguntaban por qué debían confiarle sus estudiantes a un antiguo pastor protestante. Al convertirse en 1858 en editor de The Rambler, un periódico católico de izquierdas, Newman publicó un artículo bajo el título “Acerca de la opinión de los fieles en temas de doctrina”. Fue recibido con una tormenta de críticas por parte de católicos conservadores que le achacaban el querer democratizar la articulación de las doctrinas oficiales de la Iglesia. Y esos mismos críticos echarían el grito al cielo cuando leyeron el Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, que vieron como una relativización del dogma, o su posterior Ensayo para construir una gramática del asentimiento, que claramente se apartaba del estándar escolástico para acercarse a las cuestiones teológicas.

Una de las grandes ironías de la vida de Newman es que la crítica que recibió por parte de muchos católicos por ser demasiado “liberal” rivalizó con una igualmente severa por parte de sus iguales anglicanos de ser un “archiconservador”. Cuando era un joven estudiante de Oxford, se unió a las filas de aquellos que reclamaban una lectura más católica del anglicanismo, una interpretación más próxima a los padres de la Iglesia que a los reformadores protestantes. Al llegar a los treinta, se convirtió en el líder del así llamado Movimiento de Oxford, que buscaba una profunda trasformación del anglicanismo, haciendo énfasis en los aspectos doctrinales y sacramentales de la religión. En 1841, Newman publicó su infame Tratado 90, un ensayo en el que defendía que se podían aceptar los 39 artículos del anglicanismo —la piedra angular del establishment religioso y cultural inglés— en clave católica. La reacción fue tan severa que Newman fue vilipendiado desde cada sector de la sociedad, condenado desde los púlpitos, criticado en los salones y excoriado en los pubs y vagones de tren. A los ojos de los demás anglicanos, era un conservador peligroso. Y sus peores sospechas se confirmaron cuando se convirtió al catolicismo romano en 1845.

Está claro que estos sacudones de ambos bandos hicieron difícil casi toda la vida de Newman, y no es difícil entender por qué pensaba que la mayor parte del trabajo de su vida fue un esfuerzo fútil comparable al de Sísifo. Pero es precisamente esta cualidad la que hizo que Newman fuera tan atractivo para la mayoría de los grandes teólogos que pavimentaron el camino hacia el Vaticano II: Balthasar, Ratzinger, Bouyer, de Lubac, Danuelou, por nombrar algunos. Apreciaron la devoción de este gran inglés por la tradición católica, y también saborearon su sentido de que esta tradición era un organismo vivo y no letra muerta. Juan XXIII estaba imbuido en el mismo espíritu que Newman cuando habló de la Iglesia, no como un museo sino como un jardín que florece.

La batalla por Newman continúa hoy en día. Tanto liberales como conservadores dentro de la Iglesia Católica lo reclaman para ellos, y ambos bandos pueden hacerlo legítimamente. Estoy convencido de que es útil leerlo con el espíritu de sus discípulos preconciliares, considerar todas sus facetas y no encerrarlo en categorías ideológicas. Mejor aún, debemos leerlo en sus propios términos, evaluar sus argumentos con objetividad, tomarlo por completo. Si lo hacemos, entenderemos por qué fue una inspiración tan importante del Vaticano II, y por qué la Iglesia ha resuelto canonizarlo y algún día, espero, declararlo doctor de la Iglesia.