En relación con un proyecto académico mío, recientemente he estado estudiando el libro de Éxodo y numerosos comentarios al respecto. El segundo libro más famoso del Antiguo Testamento se ocupa principalmente de la forma en que Dios da forma a su pueblo para que se convierta en un faro radiante, una ciudad situada en una colina. En la lectura bíblica, Israel es elegido, pero nunca por su propio bien, sino por el de todas las naciones del mundo.

Diría que esta formación se lleva a cabo en tres etapas principales: primero, Dios enseña a Israel a confiar en su poder; en segundo lugar, le da a Israel una ley moral; y tercero, instruye a su pueblo en la santidad a través de la alabanza justa. La lección de confianza ocurre, por supuesto, a través del gran acto de liberación de Dios. Los esclavos totalmente impotentes encuentran la libertad, no confiando en sus propios recursos, sino en la intervención gratuita de Dios. La instrucción moral tiene lugar a través de los Diez Mandamientos y su correspondiente legislación. Por último, la formación en la santidad se realiza mediante la sumisión a un elaborado conjunto de leyes litúrgicas y ceremoniales. Es este último movimiento el que quizás nos parezca hoy más peculiar, pero que tiene, sostengo, una resonancia particular en nuestro extraño período del COVID.

Que la educación en la religión implica la instrucción moral probablemente parece evidente para la mayoría de nosotros. Y esto es porque somos, a tontas y a locas, kantianos. En el siglo XVIII, el filósofo Immanuel Kant sostuvo que toda la religión es reducible a la ética. Kant argumentaba que en definitiva el fin de lo religioso es hacernos más justos, amorosos, amables y compasivos. En el lenguaje contemporáneo, el kantismo en la religión suena así: “Mientras seas una buena persona, no importa lo que creas o cómo des culto”.

Ahora, no hay duda de que el libro del Éxodo y la Biblia en general están de acuerdo en que la moralidad es esencial para la formación adecuada del pueblo de Dios. Aquellos que buscan seguir al Señor, que es justicia y amor, deben ser conformados a la justicia y el amor. Y es precisamente por eso que encontramos, en la gran alianza del Sinaí, órdenes de no robar, no cometer adulterio, no codiciar, no matar, etc. Hasta ahora, muy kantiano.

Pero lo que probablemente sorprenda a la mayoría de los lectores contemporáneos del libro del Éxodo es que, inmediatamente después de la exposición de los mandamientos morales, el autor pasa prácticamente el resto del texto, los capítulos 25 a 40, delineando las prescripciones litúrgicas que el pueblo debe seguir. Así que, por ejemplo, encontramos una larga sección sobre la construcción del arca de la alianza: “Harás un arca de madera de acacia: ciento veinticinco centímetros de largo por setenta y cinco de ancho y setenta y cinco de alto. La revestirás de oro puro por dentro y por fuera, y alrededor le aplicarás un listón de oro”. Y como adorno en la parte superior del arca, “Harás dos querubines cincelados en oro… Estarán uno frente a otro, mirando al centro de la tapa… cada uno arrancará de un extremo de la tapa, y la cubrirán con las alas extendidas hacia arriba”. A continuación, encontramos instrucciones sobre el elaborado mobiliario dentro del tabernáculo, incluyendo un candelabro, una mesa para los llamados “panes presentados”, pilares y varias colgaduras. Por último, una enorme cantidad de espacio se dedica a la descripción de las vestimentas que deben usar los sacerdotes de Israel. Aquí hay sólo una muestra: “Ornamentos que confeccionarán: efod, pectoral, manto, túnica bordada, turbante y faja. Los ornamentos… se confeccionarán en oro, púrpura violácea, roja y escarlata y lino”.

No se da ninguna indicación de que las prescripciones morales sean de alguna manera más importantes que las litúrgicas. En todo caso, parece que ocurre lo contrario, ya que al Éxodo le sigue inmediatamente el libro del Levítico, que consta de veintiocho capítulos de leyes alimentarias y litúrgicas. Entonces, ¿qué vamos a hacer los post-kantianos con esto? En primer lugar, debemos observar que los autores bíblicos no piensan ni por un momento que Dios requiere de alguna manera la rectitud litúrgica, como si la corrección de nuestro culto añadiera algo a su perfección o satisficiera alguna necesidad psicológica suya. Si tienen alguna duda al respecto, recomiendo la lectura atenta del primer capítulo del profeta Isaías y el salmo 50. Dios no necesita el arca y el tabernáculo y las vestiduras sacerdotales y el culto regular, pero nosotros sí. A través de los gestos y símbolos de su alabanza litúrgica, Israel se pone en línea con Dios, se ordena a él. La ley moral dirige nuestras voluntades a la bondad divina, pero la ley litúrgica dirige nuestras mentes, nuestros corazones, nuestras emociones, y sí, incluso nuestros cuerpos, al esplendor divino. Observen cuán minuciosamente las instrucciones ceremoniales del Éxodo involucran el color, el sonido y el olor (hay mucho sobre el incienso), y cómo conducen a la producción de belleza.

He dicho antes que el énfasis del Éxodo en lo litúrgico y ceremonial tiene una profunda relevancia en nuestro tiempo, y aquí está el porqué. Por muy buenas razones, nos abstuvimos completamente del culto público, e incluso ahora nuestra capacidad de dar culto juntos es muy limitada. En la mayoría de las diócesis de nuestro país, la obligación de asistir a la misa dominical está —de nuevo por razones válidas— suspendida. Mi temor es que cuando llegue el momento propicio, cuando podamos volver a la misa, muchos católicos se mantengan alejados, ya que se han acostumbrado a ausentarse del culto. Y mi preocupación toma una forma más específicamente kantiana: Muchos católicos se dirán a sí mismos: “Sabes, mientras sea básicamente una buena persona, ¿de qué sirve todo este culto formal a Dios?”.

¿Puedo recomendarles que saquen su Biblia, la abran en el libro del Éxodo, especialmente los capítulos 25 a 40, y consideren cuán crucialmente importante para Dios es el culto correcto ofrecido por su pueblo santo? La liturgia siempre ha importado. Las vestiduras de la Misa, los gestos rituales, los olores y las campanas, las canciones y el silencio, siguen siendo importantes. ¿No es suficiente con que seas una buena persona? No quiero exagerar en nada: no.