La semana pasada falleció el Cardenal Roger Etchegaray. Tal vez no era un nombre muy conocido, pero este hombre muy decente hizo una contribución sustantiva a la vida de la Iglesia, sirviendo en un número de diferentes funciones a través de los años y colaborando estrechamente con San Juan Pablo II. Tuve el privilegio de conocerlo a mediados de la década de 1990 cuando visitó el Seminario de Mundelein, donde fui profesor de teología. El Cardenal quería dirigirse a la comunidad, pero su inglés era un poco inestable, así que traduje para él. Pero recuerdo que su sonrisa y su evidente alegría en el Señor no necesitaban traducción alguna.

La primera vez que vi a Roger Etchegaray fue algunos años antes, en un día extraordinario en la Catedral de Notre Dame de París: el funeral del legendario teólogo Henri de Lubac. En ese momento yo era estudiante de doctorado de tercer año y había llegado a Notre Dame con la esperanza de poder participar en la misa del funeral. Al acercarme a la puerta, un agente de seguridad me detuvo y me preguntó: “Est-ce que vous êtes membre de la famille? (¿Es usted miembro de la familia?)”. “No”, respondí. Entonces preguntó: “¿Est-ce que vous êtes théologien? (¿Es usted teólogo?)”. Con cierto temor, dije: “Oui”, y rápidamente me dirigió a una posición privilegiada cerca de la parte delantera de la Catedral. Al sonar las campanas más profundas de la Catedral, el sencillo ataúd de madera de de Lubac fue llevado por la nave central. Noté cuando pasó por donde yo estaba, que estaba rematado por el birrete de cardenal rojo de de Lubac.

Al final de la Misa, el Cardenal Etchegaray se levantó para hablar en nombre del Papa. Leyó un hermoso homenaje de Juan Pablo II, y luego compartió la siguiente anécdota. Poco después de su elección al papado, Juan Pablo II vino a París para una visita pastoral. Hizo una parada especial en el Instituto Católicos de París para reunirse con teólogos y otros académicos católicos. Después de sus comentarios formales, continuó Etchegaray, Juan Pablo II levantó la vista y dijo: “Où est le père de Lubac? (¿Dónde está el P. de Lubac?)”. El joven Karol Wojtyla había trabajado estrechamente con de Lubac durante el Vaticano II, específicamente en la redacción del gran documento conciliar Gaudium et Spes. De Lubac se adelantó y, según nos dijo Etchegaray, el Papa Juan Pablo II inclinó la cabeza ante el distinguido teólogo. Luego, volviéndose hacia el ataúd, Etchegaray dijo : “Encore une fois, au nom du pape, j’incline la tête devant le pere de Lubac (Una vez más, en nombre del Papa, inclino mi cabeza ante el P. de Lubac)”.

Esto es mucho más que una historia encantadora, porque de la reverencia de Juan Pablo II por Henri de Lubac depende una historia muy interesante de continua relevancia para nuestro tiempo. De Lubac fue el defensor más prominente de lo que vino a llamarse la nouvelle théologie (la nueva teología). Partiendo del estricto y más bien racionalista tomismo que dominó la vida intelectual católica en la primera mitad del siglo XX, de Lubac y sus colegas se volvieron con entusiasmo a las Escrituras y a las maravillosas y polifacéticas obras de los Padres de la Iglesia. Este retorno a las “fuentes” de la fe produjo una teología espiritualmente informada, ecuménicamente generosa e intelectualmente rica, y puso a de Lubac en un aprieto considerable con el sistema académico y eclesial de la época. En la cúspide de sus poderes, a lo largo de la década de 1950, fue silenciado, se le prohibió enseñar, hablar o publicar. Rehabilitado por el Papa Juan XXIII, de Lubac desempeñó un papel fundamental en el Vaticano II, influyendo decisivamente en muchos de sus principales documentos. Es totalmente correcto decir que este defensor del reformador Concilio Vaticano II no era amigo del conservadurismo católico preconciliar.

Sin embargo, en los años inmediatamente posteriores al Concilio, Henri de Lubac se impacientó con el liberalismo católico, liderado por figuras como Hans Küng, Karl Rahner y Edward Schillebeeckx, que empujaba más allá de los textos del Vaticano II, acomodándose con demasiada facilidad a la cultura que lo rodeaba, y perdiendo su amarre en el cristianismo clásico. Así, junto con sus colegas Hans Urs von Balthasar y Joseph Ratzinger, fundó la revista teológica Communio, que pretendía ser un contrapeso de la revista Concilium, que publicaba los trabajos de los principales liberales. Fue esta escuela de Communio, este camino intermedio entre el rechazo conservador y el liberal del Vaticano II, el que Juan Pablo II abrazó con entusiasmo. Si usted busca evidencia clara de que el Papa polaco favoreció este enfoque, no busque más allá del Catecismo de 1992, que está lleno del espíritu de la nouvelle théologie, y del hecho de que Juan Pablo II honró especialmente a los tres fundadores de Communio, haciendo a Joseph Ratzinger jefe de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y nombrando cardenales a de Lubac y Balthasar.

¿Se manifiestan hoy en día los rechazos al Vaticano II tanto por parte de la izquierda como de la derecha? Simplemente vaya al espacio católico de los nuevos medios de comunicación y encontrará que la pregunta es fácilmente contestada. Lo que todavía es muy necesario es la actitud de Lubac: profundo compromiso con los textos del Vaticano II, apertura a la conversación ecuménica, voluntad de dialogar con la cultura (sin ceder a ella), reverencia por la tradición sin un tradicionalismo sofocante. Tal vez pueda invitarle a reflexionar sobre ese gesto y esas palabras del Cardenal Etchegaray que tomé hace muchos años: “Una vez más, en nombre del Papa, inclino la cabeza ante el P. de Lubac”.