Amigos, en el Evangelio de hoy Jesús anuncia que será traicionado justo después de haber transformado el pan y el vino en Su Cuerpo y Sangre. Es un gran momento y, inmediatamente después de este evento extraordinario, Jesús habla de traición: “El que comparte mi pan se volvió contra mí”.

En la lectura bíblica, los deseos de Dios han sido, desde un principio, confrontados. Consistentemente, los seres humanos hemos preferido el aislamiento del pecado a la festividad de la comida sagrada. Los teólogos llaman a esta tendencia el mysterium iniquitatis (el misterio del mal) porque no hay fundamento racional para ello. Por lo tanto, no debería sorprendernos demasiado que, a medida que la comida sagrada llega a su expresión más rica posible, el mal le acompañe.

Judas, el traidor, expresa el mysterium iniquitatis con un poder simbólico particular, ya que había pasado varios años en la intimidad de Jesús, asimilando las acciones y pensamientos del Señor de modo cercano, compartiendo la mesa con Él y, sin embargo, consideró oportuno entregar a Jesús a sus enemigos.

Aquellos de nosotros que nos reunimos regularmente alrededor de la mesa en la intimidad de Cristo y, sin embargo, participamos consistentemente en obras de la oscuridad, debemos vernos reflejados en el traidor.