Amigos, el Evangelio de hoy nos brinda la parábola de la lámpara, que cuando se coloca sobre una mesa ilumina. La luz no es obviamente para iluminarse a sí misma. Sino para que por ella vemos cosas. Ilumina las cosas sobre las que resplandece.

Nosotros somos luz por medio de la cual la gente a nuestro alrededor puede ver cosas que valen la pena ser vistas. Es por la propia calidad e integridad de nuestras vidas que brindamos luz, iluminando lo que es hermoso y revelando lo que es feo y desagradable. Es una clara conclusión que el mundo es mucho peor sin cristianos dinámicos. Déjenme ilustrar este principio con un ejemplo. Una de las verdades más dolorosas del último siglo es la debilidad del testimonio cristiano, que ha permitido el florecimiento de algunos de los peores elementos de la sociedad. 

Pensemos acerca de los poderes del mal que se desataron y originaron la Segunda Guerra Mundial. El cristianismo se convirtió en algo tan débil, tan poco persuasivo, tan atenuado, que permitió florecer esta gran maldad. Es verdad que, de hecho, hubo un puñado de cristianos resistiendo, pero debemos admitir que la apabullante mayoría de cristianos apoyaron a Hitler o permanecieron en silencio, quizás por miedo o por indiferencia.