Escribo estas palabras desde la Ciudad Eterna, Roma, a la que he venido con mis hermanos obispos de la Región 11 (California, Nevada y Hawai) para nuestra visita ad limina. Se trata de un viaje regular y obligatorio canónicamente, para rezar en el limina apostolorum (el umbral de los Apóstoles), las tumbas de los santos Pedro y Pablo, y para encontrarse con el sucesor de Pedro. Ayer fue el primer día oficial de la peregrinación, y fue realmente extraordinario. Nos reunimos temprano en la mañana para la misa en la cripta de la basílica de San Pedro, en la presencia de la tumba del pescador galileo a quien Jesús dio las llaves del reino de los cielos. Y luego, media hora más tarde, entramos en el Palacio Apostólico, y después de atravesar una serie de pasillos decorados y recibir algunos saludos de la Guardia Suiza (¡confieso que me gustan los saludos!), nos pusimos en fila para encontrarnos con el papa.

El papa Francisco estaba en una forma notablemente buena, especialmente considerando que es un hombre de ochenta y tres años. Estuvo amistoso, cálido y enérgico, y conversó brevemente con cada obispo al entrar en la sala. Una vez instalados en unas sillas elegantes, pero bastante incómodas (¡uno de mis hermanos obispos dijo que pensaba que la última vez que habían sido usadas era durante la Inquisición española!), comenzamos una conversación extremadamente animada con el obispo de Roma. Francisco habló exclusivamente en italiano, mientras que unos dos tercios de nosotros le hablamos en español y un tercio en inglés. Sería imposible resumir lo que resultó ser un diálogo de tres horas en el marco de este breve artículo, pero puedo mencionar algunos temas importantes.

En primer lugar, el papa Francisco estaba muy interesado en la oración. Habló con verdadero sentimiento de la importancia de iniciar a nuestros jóvenes en la práctica de la Adoración Eucarística. Varias veces repitió la palabra “adoración”, instándonos a enseñar a nuestro pueblo esta forma tan fundamental de comunión con Dios. Y con respecto a los obispos, indicó varias formas de “vicinanza” (cercanía) que deben caracterizar nuestra vida: cercanía a nuestro pueblo, a nuestros hermanos obispos y a nuestros sacerdotes. Pero entonces él enfatizó que todas estas cercanías están basadas en el tipo más importante de vicinanza, es decir, la intimidad con el Señor que viene a través de la oración. Confesaré que estas palabras suyas ya se han grabado con fuego en mi mente y en mi corazón: “La primera tarea del obispo es rezar”.

Un segundo tema que el papa articuló con particular claridad y pasión fue el de la ideología de género. Como lo ha hecho a menudo en el pasado, se lamentó de la “colonización ideológica” que tiene lugar cuando las nociones occidentales de fluidez de género y autoinvención se abren paso agresivamente en partes del mundo en desarrollo, a menudo a través de una especie de chantaje: a menos que y hasta que ustedes adopten los valores occidentales en este sentido, les negaremos asistencia material y médica. El argumento fundamental del papa era bíblico. El libro de Génesis nos dice que Dios hizo los géneros distintos y que esta diferencia es la clave para el florecimiento humano. Por lo tanto, cualquier cosa que busque eliminar la diferencia en esta arena de la vida es contraria a la voluntad de Dios.

Pero el tema dominante en nuestra larga conversación, expresado tanto en las preguntas de los obispos como en las respuestas sustanciales del papa, fue la evangelización. Cuando un obispo hizo referencia a la Evangelii Gaudium, la encíclica seminal de Francisco sobre el tema, el papa comentó irónicamente que ese texto fue en gran parte “plagiado” de la encíclica Evangelii Nuntiandi de 1975 de san Pablo VI y del documento que surgió de la reunión de la Conferencia Episcopal Latinoamericana en Aparecida en 2007. Las tres declaraciones son, de hecho, hitos de la Nueva Evangelización, y las tres operan bajo el supuesto de que la Iglesia es misionera por su propia naturaleza. Cuando tuve la oportunidad de hablar, le pedí al papa que profundizara en el tema de la via pulchritudinis (el camino de la belleza), que es central en la Evangelii Gaudium. Habló de la recuperación de la belleza en la obra de los teólogos y filósofos contemporáneos, y nos instó a no denigrar lo bello como se encuentra en la cultura popular —películas, libros, deportes, etc.— que a menudo atrae a los jóvenes más que algunas expresiones de belleza en la alta cultura.

El momento más esclarecedor en cuanto a la evangelización se produjo cuando un obispo pidió al papa que se dirigiera a lo que le pareció una especie de tensión en la enseñanza del papa. Por un lado, dijo, Francisco parecía recomendar muy fuertemente que anunciáramos la fe públicamente y atrajéramos a la gente a Cristo, pero, por otro lado, el Santo Padre frecuentemente se opone a lo que él llama “proselitismo”. Confesaré que a menudo me he preguntado sobre alguna de las retóricas de Francisco aquí y he anhelado que dé su definición del término. El Santo Padre aclaró que él, por supuesto, aboga por la difusión de la fe, pero se opone a un enfoque en esta tarea que sea agresivo, divisivo y orientado a los números. La evangelización, bromeó, no es como conseguir que la gente se haga miembro de tu club de fútbol. Como lo ha hecho a menudo en el pasado, subrayó con nosotros la centralidad del testimonio personal de la alegría de vivir una vida de fe. Cualquier enseñanza que hagamos, dijo, debe tener lugar dentro del contexto de esa forma de vida. En esto, por supuesto, se hacía eco simplemente del papa Pablo VI, que dijo que la gente hoy escucha a los maestros precisamente en la medida en que esos maestros son también testigos. Me sentí particularmente satisfecho de escucharlo sobre este punto, ya que ha habido algunos en los comentarios que han sugerido que dedicarse a la apologética o a la clarificación teológica equivale a “hacer proselitismo”. No según el papa Francisco.

Antes de hacer mi pregunta, le dije al papa que todos le estábamos agradecidos por darnos la oportunidad de estar con él como un verdadero padre espiritual. Y así fue la experiencia: nuestro padre hablándonos desde el corazón y con gran afecto. Fue un encuentro que no olvidaré pronto.