La semana pasada, di una presentación en la Reunión de Primavera de la Conferencia de los Obispos Católicos de los Estados Unidos en Baltimore. Mi tema fue lo que identifiqué como la segunda crisis más grande que enfrenta la Iglesia hoy, es decir, la deserción masiva de nuestra propia gente, especialmente de los jóvenes. Confío en que la primera crisis —en torno a la cual giraron la mayoría de nuestros debates de esa semana— es obvia para todos. A juzgar por la reacción extremadamente positiva de mis hermanos obispos y la animada conversación que siguió a mi presentación, la charla fue bien recibida. También me alegró mucho que, al parecer, ésta provocara una animada conversación en los medios de comunicación social.

Después de exponer las estadísticas más bien sombrías con respecto a los “no afiliados” religiosamente —ahora el 50% de los millenials católicos no declaran ninguna identidad religiosa; por cada persona que entra en nuestra Iglesia, seis se van, etc.— comencé a ofrecer algunas razones por las que tantos están saliendo. Les dije a mis hermanos obispos que no eran fruto de una especulación vana, sino de los numerosos estudios estadísticos y sociológicos que se han realizado sobre el fenómeno. La razón número uno —reiterada en una encuesta tras otra— es que los jóvenes abandonan la Iglesia porque no creen en las enseñanzas del cristianismo clásico. Además, los estudios sostienen sistemáticamente que esta falta de fe se debe a menudo a que se considera que la religión está en conflicto con la ciencia. Otros factores, continué, incluyen el secularismo general y el relativismo moral de la cultura, la dificultad que muchos jóvenes tienen con las enseñanzas sexuales de la Iglesia, y la supuesta correlación entre religión y violencia.

Después de presentar estos hallazgos, compartí lo que considero que son signos de esperanza. La primera es que, entre los no afiliados, hay relativamente pocos que sean ateos feroces u oponentes decididos de la religión. La mayoría son indiferentes a la fe y se han alejado de la Iglesia en vez de arremeter contra ella. Un segundo indicador de esperanza es la presencia masiva de jóvenes en plataformas de medios sociales que discuten de temas religiosos. Mencioné mi propia participación en un AMA (Ask Me Anything – Pregúntame Todo) de Reddit, que produjo casi 12.000 comentarios y preguntas, convirtiéndolo en el tercer intercambio más discutido de su tipo el año pasado. Aunque muchos, si no la mayoría, de los que participaron en esa conversación propusieron preguntas desafiantes, o hicieron observaciones escépticas, el indudable interés en los asuntos religiosos es algo sobre lo que hay que construir. Finalmente, hice referencia a lo que llamé “el fenómeno Jordan Peterson”. Estaba llamando la atención de mis hermanos sobre el hecho extraordinario de que un profesor de psicología de modales suaves y de voz suave, hablando de asuntos serios de una manera sobria, podría atraer a decenas de miles de personas a las arenas y millones a sus sitios de medios sociales. Les dije a mis compañeros obispos que recientemente Peterson ha estado dando conferencias sobre la Biblia, haciendo que multitudes de personas, especialmente hombres jóvenes, tengan una mirada nueva a las Escrituras. Dije explícitamente que mi referencia a Peterson no significaba de ninguna manera un apoyo unilateral o acrítico a sus enseñanzas. Sin embargo, su aparición y su éxito son indicadores de que podemos transmitir un mensaje serio a una amplia audiencia.

La reacción a mi charla fuera de las paredes del salón de la conferencia episcopal fue, como digo, interesante. La mayoría reaccionó muy positivamente a mis observaciones y sugerencias, pero algunos, tanto de la extrema izquierda como de la extrema derecha, se opusieron a lo que dije. En el estribor del espectro, hubo comentarios en el sentido de que yo había subestimado la importancia de los escándalos clericales de abuso sexual. Nadie ha sido más vehemente en su denuncia de estos ultrajes que yo (ver mi reciente Carta a una Iglesia que Sufre para más detalles), pero a juzgar por los datos disponibles, los escándalos no son un factor importante de desafiliación. De hecho, aparecen como un factor, pero no significativo, ciertamente en comparación con las causas que mencioné anteriormente. Me apasiona este tema, pero no debería llevarnos a sacar conclusiones que no estén respaldadas por pruebas objetivas.

Pero me sorprendió especialmente, y más que un poco, la respuesta sobrecalentada de algunos en el extremo izquierdo del espectro. Parece que la mera mención del nombre Jordan Peterson es suficiente para que enviar a sus cabezas conexiones irracionales. Aunque yo había declarado sin ambigüedades que mi referencia al canadiense no significaba de ninguna manera un respaldo a la totalidad de su pensamiento, algunos comentaristas y amantes de discusiones internéticas me caracterizaron como un discípulo de Peterson, un apologista de su programa, un lacayo. ¡Un observador particularmente histérico me dijo que yo “basaba mi apologética” en Jordan Peterson! ¡Ufa! Como he dejado claro en mis propios artículos y videos, Peterson lee la Biblia a través de una lente psicodinámica junguiana, y por lo tanto, por definición, no la lee adecuadamente. Ni siquiera es evidente que el canadiense crea en Dios en el sentido aceptado del término. ¿“Basar mi apologética” en él? ¡Por favor, basta de tonterías!

Lo que es particularmente triste para mí es que los comentarios, especialmente con respecto a la religión, se han vuelto tan polarizados e impulsados ideológicamente que no se hacen las distinciones más elementales, y mucha gente cae en generalizaciones en su análisis. Lo que lo hace aún más triste es que estas distorsiones y proyecciones se interponen en el camino para abordar la cuestión de vital importancia que estamos examinando. Mientras que la izquierda y la derecha defienden sus respectivos salvoconductos ideológicos, la Iglesia se sigue desangrando de sus jóvenes. Si queremos tomar en serio un problema que debe preocupar a todos en la Iglesia, sería prudente encargarse de las cosas como son objetivamente.