Amigos, nuestro Evangelio bendice aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la practican. Me gustaría decir algo acerca de la respuesta del pueblo polaco a las palabras proclamadas por San Juan Pablo II. El poder del estado comunista polaco, y detrás del mismo el poder de la Unión Soviética, fue lo que Juan Pablo II tuvo que confrontar a principios de los años 1980s. Pero él, habiendo crecido bajo el nazismo y el comunismo, estaba acostumbrado a la confrontación con fuerzas políticas opresivas.

Les habló sobre Dios, sobre los derechos humanos, sobre la dignidad del individuo —atemorizados en cada momento, los organizadores se preocuparon acerca de las repercusiones políticas—. Mientras hablaba la multitud de gente crecía y se volvía más entusiasmada. Fue más que un mero nacionalismo polaco. Y en uno de los eventos, millones de personas comenzaron a cantar “¡Queremos a Dios! ¡Queremos a Dios!”. una y otra vez por quince minutos. 

No había control sobre esta fuerza, nacida de la confianza en el amor de Dios, que es más poderoso que cualquiera de las armas de los imperios del mundo, desde las cruces hasta las bombas nucleares. Por supuesto que esta fue la razón por la cual el oficialismo comunista trató vehementemente de parar a Juan Pablo II. Pero, ¡la Palabra de Dios no podía ser encadenada!