Escribo estas palabras en el avión que me lleva a casa desde mi primera visita como obispo ad limina apostolorum (al umbral de los apóstoles). Esta es la peregrinación exigida a cada obispo por el derecho canónico, para rezar en las tumbas de San Pedro y San Pablo y para reunirse personalmente con el sucesor de Pedro. En una columna anterior escribí sobre la extraordinaria visita a la tumba de Pedro y una conversación aún más extraordinaria con el sucesor del pescador galileo, el papa Francisco. Al regresar a casa, quiero reflexionar sobre la visita que hice con mis hermanos obispos de la Región 11 a la tumba de San Pablo, un encuentro que me conmovió aún más de lo que pensaba.

El sarcófago de Pablo está situado en el corazón de la magnífica Basílica de San Pablo Extramuros, llamada así porque se encuentra en un sitio más allá de los límites de la ciudad de la antigua Roma. La tradición dice que fue en o cerca de este lugar que Saulo de Tarso, transformado por la gracia de Cristo en el apóstol Pablo, fue decapitado por el delito de profesar el Señorío de Jesús. La decapitación por espada —por cierto, una manera mucho más “suave” de ser ejecutado que la crucifixión, ser devorado por los animales o quemado vivo— fue un privilegio concedido a Pablo por ser ciudadano romano. Después de la misa en la iglesia superior, todos los obispos fuimos llevados a una parte inferior, llamada confessio, y allí nos arrodillamos en la misma presencia del lugar de descanso del gran Apóstol de los Gentiles. Mientras rezaba en ese lugar, llevando los ornamentos litúrgicos completos de un sucesor de los Apóstoles, admito que me sentía totalmente, totalmente insuficiente. ¿Quién era yo para ser en algún sentido un “sucesor” de Pablo?

Pero luego comencé a reflexionar sobre el hecho de que el propio Pablo a menudo se sentía indigno de la tarea que se le había confiado. En un texto muy revelador, Pablo confiesa que era un apóstol, ya que había visto al Señor Resucitado, pero que no merecía el título porque había perseguido a la Iglesia con tanta violencia. En otro lugar admite que su discurso y apariencia son insignificantes y por lo tanto se pregunta por qué el Señor lo eligió precisamente para un ministerio de proclamación. En otro pasaje, Pablo nos dice que, para que no se envanezca, Dios le había clavado en las carnes una espina. Tres veces, dijo, le rogó al Señor que se la sacara. ¿Qué era? Nadie lo sabe realmente. ¿Tal vez era un impedimento del habla, una enfermedad crónica, una debilidad psicológica, una debilidad espiritual? En cualquier caso, Pablo informa de cómo el Señor respondió a su oración: “¡Te basta mi gracia!; la fuerza se realiza en la debilidad”. Por lo tanto, Pablo concluye: “Así que muy a gusto me gloriaré de mis debilidades, para que se aloje en mí el poder de Cristo”.

Y lo que está, por supuesto, en el corazón de la enseñanza de Pablo es la idea de la primacía de la gracia, el don gratuito de Dios. Cuando era joven, lleno, como él decía, de celo por la tradición de sus padres, Saulo/Pablo pensó que el riguroso cumplimiento de la ley de Israel le haría agradable a Dios. Y así, según lo admite él mismo, superaba a todos sus contemporáneos en la consecución de la justicia. Pero al conocer a Jesús resucitado y reflexionar sobre el significado de la muerte y resurrección del Señor, Pablo se dio cuenta de que esforzarse en el intento de ganar el afecto de un Dios iracundo es más o menos comprender la vida espiritual al revés. Más bien, Dios en Cristo va hasta los límites del abandono de Dios para encontrar a los que se alejan de él. Por esta incomparable e inesperada gracia, somos salvados, corregidos, “justificados”, para usar el término favorito de Pablo para este estado. Aceptar esta gracia con una fe agradecida es el comienzo de una vida espiritual debidamente ordenada. El teólogo del siglo XX Paul Tillich lo resumió de la siguiente manera: “aceptar la aceptación, siendo inaceptable”.

Ahora, una vez que este movimiento ha tenido lugar, podemos entregar todo en nosotros al poder de Cristo para “aumentar nuestra justificación”, como dice el Concilio de Trento. Pablo no abandonó su celo; más bien, se lo dio, transfigurado por la gracia, a Cristo y lo llevó hasta los confines del mundo. No dejó de lado sus dones de mente y corazón; los ofreció, transfigurados por la gracia, al Señor, y éstos continúan animando a la Iglesia hasta el día de hoy. Además, aprendió incluso a dar su debilidad e insuficiencia a Jesús, una vez que fueron atrapados en la gracia, y el Señor los ha usado a lo largo de los siglos cristianos.

Todo esto me lleva al momento en que me arrodillé ante el sarcófago de Pablo, sintiéndome completamente indigno de las vestiduras que llevaba y del título de sucesor de los Apóstoles que llevaba. ¿Debilidades? Tengo muchas. ¿Espinas en la carne? Ya lo creo. ¿Sentimientos de insuficiencia? Por supuesto. Lo que me vino a la mente en esa oración en la confessio de Pablo fue la profunda convicción de que la vida espiritual no se trata de impresionar a Dios con mis logros. Se trata, ante todo, de aceptar el hecho de que he sido aceptado y luego dar a Cristo todo lo que hay en mí, tanto las fortalezas como las debilidades, para que él pueda hacer con ellas lo que a él le plazca.