Hace un par de semanas, tuve el privilegio de dirigirme a una audiencia compuesta por senadores, representantes y personal de Capitol Hill en una bella sala de la biblioteca del Congreso. El evento fue posible gracias a dos congresistas, el demócrata Tom Suozzi de Nueva York y el republicano John Moolenaar de Michigan. Ambos habían visto videos de los discursos que pronuncié en los cuarteles generales de Facebook y Google, y querían algo similar para aquellos que trabajan en el gobierno.

Al comienzo de mi charla, especifiqué que no hablaría sobre los asuntos candentes que dominan las discusiones entre religión y política. Aclaré que no lo hacía porque creyera que eran cuestiones sin importancia o que no debieran ser tratadas en último término. Pero insistí que apurarnos hacia esos temas que generan polarización imposibilita el encontrar puntos de vista comunes entre el mundo espiritual y el político. Y era justamente ese lugar común el que quería explorar en mi presentación.

Empecé por explicar la idea de vocación. Estamos acostumbrados a utilizar esta palabra de forma explícitamente religiosa, pero les sugerí que, con toda su resonancia espiritual, aplicaba también a todas las esferas de la vida. Le pedí a la audiencia que recordara la primera vez que sintieron el llamado a dedicarse al servicio público. Les invité a abstraer las ansiedades, desilusiones y oportunidades del presente, y recobrar ese momento, indudablemente marcado por el entusiasmo y el idealismo, cuando decidieron entrar en política y trabajar por la justicia. La pasión por perseguir lo justo en casos particulares se da en función de algo más básico y místico; a saber, la llamada a la Justicia misma, que nos arrastra a ser siervos de su gran valor trascendental. De una forma muy parecida, un artista es alguien que ha oído el llamado —como James Joyce, por ejemplo— a ser caballero de la Belleza, y un filósofo, un periodista o un profesor es alguien que ha escuchado el llamado de la Verdad misma. Pero en la teología católica, la Verdad, la Belleza y la Justicia mismas son simplemente nombres para Dios. Por tanto, suponiendo que buscan el más profundo de los cimientos para su compromiso, todos los participantes de una cultura pueden y deben entenderse como beneficiarios de una vocación con implicaciones religiosas.

Una vez creada la conexión, le dije a mi audiencia de Washington como los textos bíblicos sobre la vocación son siempre un nuevo comienzo. Llamé su atención acerca de la maravillosa historia de la llamada del profeta Samuel. Cuando era solo un niño. Samuel oyó la voz de Dios, pero no la reconoció al principio. Fue solo tras varias repeticiones —“Samuel, Samuel”— y la invaluable ayuda del sumo sacerdote Elí, que el joven pudo escuchar la voz de Dios. Les dije que, de la misma forma, Dios (bajo su nombre de Justicia) había llamado a cada uno por su nombre, más que seguramente varias veces hasta que le oyera, y probablemente empleara algún consejero para que la interpretara. Después les referí al extraño e iluminador pasaje del sexto capítulo de Isaías que narra la llamada del profeta. Isaías nos cuenta que vio al Señor rodeado de ángeles cantando “Santo, Santo, Santo”. El término hebreo es kadosh, que también significa “otro”. Dios no es un ser entre otros, ni una cosa verdadera entre otras; más bien, es la fuente misma de la existencia, la base incondicionada de todo lo que es, y esto implica que es más grande que todos los proyectos y deseos que a menudo nos preocupan. Su llamada es por eso más grande que la familia, el placer personal, el país, o cualquier otra cosa. Isaías también nos cuenta como el humo llenaba el lugar donde estaba y cómo los cimientos se estremecieron. Ambos símbolos muestras la manera en la que la experiencia de Dios pone cualquier cosa finita o condicionada en cuestión. Así, les dije a los senadores, representantes y personal, la Justicia misma debe triunfar sobre todo lo demás, sobre cualquier otra preocupación o proyecto meramente personal. Sacude los cimientos de nuestra vida y relativiza todo lo que una vez consideramos importante.

Para terminar de perfilar la idea, les moví a considerar la doctrina tomista de la ley. Para el gran dominico medieval, la ley positiva (los estatutos concretos por los cuales se gobierna un país), anidan dentro de la ley natural (ese rango de preceptos morales evidentes para la razón), y la ley natural anida a su vez dentro de la ley eterna, que coincide con la mismísima Mente de Dios. Esto implica que una ley positiva injusta no es simplemente un problema político: es un problema moral y en último término espiritual. El legislador injusto, concluí, se para contra Dios, quien originalmente llamó a aquel servidor de la Justicia. Y para evitar que este análisis suene abstracto y distante, les mencioné la extraordinaria carta que el Dr. Martin Luther King Jr. Escribió desde la cárcel de la ciudad de Birmingham en 1963, impulsado por un grupo de ministros blancos que cuestionaban sus métodos. En respuesta, el gran defensor de los derechos civiles dijo que las leyes justas deben siempre ser obedecidas mientras que debemos oponernos a las injustas: siempre, y sin tener en cuenta el costo. Y como justificación, llegó a la misma enseñanza de Tomás de Aquino que acabo de esbozar. King era claramente un agente político, pero tenía un agudo sentido acerca de que su activismo no era sino una expresión de convicciones religiosas y morales.

Mi esperanza era (y es) que mi presentación inspirara e incomodara a mi audiencia. Quería que vieran a la vez la gran dignidad espiritual de su llamada y la más bien temible responsabilidad que tienen ante Dios.