Llevo un largo tiempo siguiendo el pensamiento de George Will. Soy lo suficientemente mayor para recordar cuando su columna ocupaba la última página del Newsweek cada dos semanas y cuando ocupaba la silla del pensamiento conservador en el show político de David Brinkley los domingos por la mañana. Llevo un buen tiempo admirando su elegante estilo literario y su manera precisa e inteligente de hablar. Will era especialmente bueno cuando, con precisión quirúrgica, desenmarañaba las sinuosas curvas del pensamiento de sus adversarios intelectuales y políticos. Cuando enseñaba un curso de introducción a la filosofía política en el Mundelein Seminary hace muchos años, usaba su libro Statecraft as Soulcraft para explicar a mis estudiantes lo que los antiguos entendían por el propósito moral del gobierno.

Y es por eso que recibí con gran interés la última propuesta de Will, un masivo volumen llamado The Conservative Sensibility, un libro que califica tanto por su tamaño como por su objetivo como el opus magnum del autor. El argumento central de Will es crucial. El experimento de la democracia americana se basa, dice, bajo la convicción epistemológica de que existen unos derechos políticos, basados en una naturaleza humana relativamente estable, que preceden a las acciones y decisiones del gobierno. Estos derechos a la vida, libertad y búsqueda de la felicidad no son una concesión del estado; más bien, el estado existe para garantizarlos, o para usar la palabra que Will considera la más importante en la Declaración de Independencia, para “asegurarlos”. Así, es el gobierno propia y estrictamente limitado el que mantiene a la tiranía a raya, al menos en principio. De acuerdo con Hobbes y Locke, Will sostiene que el propósito del gobierno finalmente es proporcionar un espacio para la expresión más completa posible de la libertad individual. Buena parte de la primera mitad de The Conservative Sensibility consiste en una vigorosa crítica del “progresismo”, con sus raíces en la filosofía de Hegel y en las prácticas políticas de Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson, que interpretan el propósito del gobierno como la reconstrucción de una fundamentalmente plástica y maleable naturaleza humana. A lo que lleva esto, según piensa Will, es al intrusivo estado-niñara que tenemos hoy, que clama el derecho a interferir en cada rincón del comportamiento humano.

Estoy profundamente de acuerdo con mucho de esto. Ciertamente, es un aspecto central de la doctrina social católica que existe una naturaleza humana objetiva y una serie de derechos asociados a ella, que no son construcción artificial de la cultura o del estado; por lo que es bueno que la tendencia del gobierno a la expansión imperial sea controlada. Pero en la medida en que la presentación de George Will se despliega, encuentro su visión menos acertada. Lo que queda claro es que Will comparte, con Hobbes y Locke, y su discípulo Thomas Jefferson, una idea minimalista de la esfera moral de la libertad que el gobierno debe proteger. Estos tres filósofos políticos modernos niegan que podamos conocer la verdadera naturaleza de la felicidad humana o el objetivo propio de la vida moral, y por tanto dejan la determinación de estos asuntos al individuo. Jefferson expresó esto como el derecho a buscar la felicidad como uno lo considera conveniente. El rol del gobierno, según esta interpretación, es la de asegurar el menor conflicto posible dentro de las miles de formas en las que los individuos buscan su florecimiento personal. El único cimiento moral en este escenario es la vida y libertad de cada actor.

La doctrina social de la Iglesia ha sospechado siempre de este tipo de minimalismo moral individualista. Es central al pensamiento político de la Iglesia la convicción de que los principios éticos, disponibles al intelecto de cada persona de buena voluntad, deben gobernar los movimientos de los individuos dentro de la sociedad, y aún más, que la nación como tal debe ser informada por un claro sentido del bien común, es decir, algún valor social que va más allá de lo que el individuo busca por sí mismo. En contra de lo que dice Will, el gobierno mismo juega un papel importante en la aplicación de este marco moral precisamente en la medida en que la ley tiene la función de proteger y de dirigir. Al mismo tiempo protege al florecimiento humano de ciertas amenazas y es, en cierto grado, un maestro de lo que la sociedad aprueba o desaprueba, que guía activamente los deseos de sus ciudadanos. Y por encima de todo esto, mediando entre las instituciones —la familia, los clubs sociales, las organizaciones fraternales, uniones, y sobre todo la religión— ayuda a llenar el espacio público de sentido. De esta forma, la libertad se convierte en mucho más que “hacer lo que queremos”. Comienza a funcionar, como dice Juan Pablo II, como el “derecho a hacer lo que debemos”. Para el pensamiento político católico, el mercado libre y el libre espacio público son legítimos solo en la medida en la que se informan y suscriben a esta vibrante intuición moral. George Will rechaza con razón el programa  contemporáneo neo-gnóstico del “progresismo”, pero no debería vincular esta filosofía política disfuncional con un compromiso con la auténtica libertad en el espacio público.

Cuando llegamos al final de The Conservative Sensibility vemos con más claridad la razón de esa anémica interpretación de la empresa política. George Will es ateo, e insiste en que el lenguaje teñido de religión de algunos de los Padres Fundadores, el proyecto político Americano, puede funcionar sin ninguna referencia a Dios. El problema aquí es doble. Primero, cuando Dios es negado, uno debe afirmar cierta versión de la metafísica de Hobbes, pues, en la ausencia de Dios, aquello que une a las cosas ontológicamente, y eventualmente políticamente, ha desaparecido. Segundo, la negación de Dios implica que los valores éticos objetivos no tienen una base real y la moralidad se convierte, al final del día, en un asunto de choque entre convicciones subjetivas y pasiones. La doctrina social de la Iglesia afirma que la retórica de los Padres Fundadores acerca de la relación entre los derechos inalienables y la voluntad de Dios no es solo un collage de ideas pías sino la fundación misma del proyecto político democrático.

Así que quizá un solo hurra por The Conservative Sensibility. Will acierta respecto de algunas cosas importantes, pero erra respecto de otras aún más básicas.