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Tintoretto y la Reforma de la Iglesia

by Bishop Robert BarronSeptember 13, 2018

Estoy en Washington DC esta semana para la reunión de la conferencia episcopal de los Estados Unidos (USCCB). Dado que no empezábamos formalmente hasta la tarde, me encontré con un poco de tiempo libre ayer por la mañana. Así que me dirigí a uno de mis lugares favoritos de la ciudad, al National Gallery of Art, que solía frecuentar cuando era estudiante de la Universidad Católica (Catholic University of America) hace muchos años.

Cuando concluía una larga sesión de paseo y cavilaciones, fui arrastrado por un diván que se veía cómodo y vacío, situado al fondo de una de las galerías. Al sentarme para descansar, mire a la pintura que tenía justo en frente mío. A primera vista, dado el colorido y la peculiar forma del modelado de las figuras, pensé que se trataba de un cuadro del Greco. Pero un examen más cuidadoso reveló que en realidad se trataba de una representación de Cristo en el mar de Galilea por Tintoretto. El drama al centro de la composición del cuadro es la barca de los apóstoles, zarandeada por las olas; y San Pedro, dando un pasito cauteloso, tímido hacia la invitación que el Señor le dirige. Mi postura me condujo a la contemplación, y me quedé un buen rato con la pintura, primero admirando la maestría del pintor, especialmente su reproducción del agua, pero finalmente me fui moviendo a una percepción más profunda del tema espiritual, de tanta importancia hoy en día.

Cada vez que los evangelios presentan a los discípulos y a Jesús en un bote, se está representando simbólicamente a la Iglesia. Así que Tintoretto nos muestra a la Iglesia en su condición prácticamente permanente a través de los siglos: en alta mar, mecida por las olas, en peligro de naufragar. De hecho, a parte de un puñado de meritorias excepciones, cada época ha sido, de alguna manera, peligrosa para el Cuerpo Místico de Cristo. El bote está abarrotado por los escondidos especiales del señor, los apóstoles, esos que pasaron años con el Maestro, aprendiendo su forma de pensar, estudiando sus movimientos, siendo testigos de sus milagros en carne propia, participando de su espíritu. Uno podría pensar que incluso si todos los demás abandonaran al Señor, estos hombres se mantendrían firmes junto a Él. Y sin embargo nos los encontramos flaqueando, temerosos, perdidos mientras la tormenta se levanta a su alrededor. Y los evangelios—de una manera que los diferencia de la mayoría de textos que tratan sobre fundadores religiosos y sus seguidores—constantemente retratan al círculo más íntimo de Jesús como profundamente imperfecto. Pedro negó al señor a la hora de la verdad; Santiago y Juan sucumbieron a la más baja ambición; Tomás se negó a creer en la Resurrección; Judas traicionó al maestro; todos ellos, con la excepción de Juan, le abandonaron al pie de la Cruz y se escondieron. Y a pesar de ello, Tintoretto muestra a Pedro en el intento de hacer pie en el mar, comenzando a caminar hacia Jesús. La gran lección espiritual aquí—con el riesgo de parecer cliché, aunque aun así vale la pena repetirse—es que mientras la Iglesia mantenga sus ojos fijos en Cristo, puede sobrevivir incluso a la peor de las tempestades. Puede caminar sobre el agua. 

La Iglesia Católica sufre una vez más un momento de prueba extrema por causa de los abusos sexuales. Esta vez, la atención se centra en la incapacidad de algunos obispos de proteger al más vulnerable, y en al menos un terrible caso, en el abuso activo perpetuado por un cardenal. Todo el mundo está justamente enardecido por estos pecados, y la Iglesia se siente avergonzada y con razón. Muchos se preguntan, razonablemente, como aquellos dedicados especialmente a Cristo pueden caer en tal depravación. Pero entonces recordamos que cada obispo de hoy es un sucesor de los apóstoles—es decir, de ese grupo que se sentaba familiarmente con Jesús, y a la vez le negó, traicionó y abandonó. En tiempos tormentosos, los primeros apóstoles se acobardaron, y sus sucesores, debemos admitirlo, se acobardan a menudo también.

Pero hay razones para la esperanza. Se encuentran, sin embargo, no en la reforma institucional (tan importante como es), no en el análisis psicológico (tan indispensable como podría ser), no en nuevos programas y protocolos (tan útiles como puedan probar), sino más bien en una regresar a Jesucristo. Con los ojos fijos en él, los corazones en sintonía con él, las mentes cautivadas por él, la acción determinada por él, los líderes de la Iglesia pueden, incluso ahora, caminar sobre el agua.

Tintoretto aporta considerable luz al tema de la debilidad y fuerza de los apóstoles a través de la forma en la que en la organiza las figuras de su composición. La pintura presenta un escorzo tal, que los discípulos parecen muy pequeñitos, casi como muñecos, mientras que Jesús que se avecina al primer plano luce gigantesco. Como dijo Juan el Bautista: “Él debe crecer y yo disminuir”. Cuando ponemos nuestras ansiedades y egos en primer plano, Cristo necesariamente retrocede. Es crucial para la reforma de la Iglesia revertir esta perspectiva.