Hace algunos años, mi amigo Monseñor Francis Mannion escribió un artículo sobre las tres características esenciales de la liturgia eucarística: el sacerdote, el rito y el pueblo. Cuando estos elementos están en el equilibrio adecuado, se obtiene una liturgia correctamente ordenada. Además, a partir de estas categorías, argumentaba él, podemos discernir las tres distorsiones típicas de la liturgia: clericalismo (demasiado sacerdote), ritualismo (un hiper-enfoque quisquilloso en el rito), y congregacionalismo (un énfasis desproporcionado en el pueblo). Fue una de esas observaciones que logra difundir luz en todas las direcciones.

Una observación igualmente esclarecedora fue hecha por el Papa Benedicto XVI con respecto al trabajo de la Iglesia, y me gustaría pasar un poco de tiempo explorándola. El Papa Ratzinger dijo que la Iglesia realiza tres tareas básicas: dar culto a Dios, evangelizar y servir a los pobres. Las actividades religiosas de más de mil millones de católicos en todo el mundo, sostuvo, pueden reducirse finalmente a estos tres movimientos fundamentales. Así, por ejemplo, la liturgia, la celebración de los sacramentos, la oración individual y colectiva, el canto de los monjes, las peticiones susurradas por las religiosas de clausura, los cantos de alabanza y adoración, el rezo del rosario, todo entra dentro del rubro “dar culto a Dios”. Y la enseñanza del kerigma, la predicación en las calles, la catequesis, la teología universitaria, la evangelización de la cultura, la proclamación de la fe a través de los nuevos medios de comunicación, todo eso se puede categorizar como “evangelización”. Finalmente, el cuidado de los hambrientos y los desamparados, el alcance a los inmigrantes, los comedores de beneficencia del Trabajador Católico, el trabajo de Caridades Católicas, los hospitales y los orfanatos, todos son expresiones del compromiso de la Iglesia de servir a los pobres. La vida de la Iglesia consiste, según el Papa Benedicto, en la unión armoniosa de estos tres ministerios, ninguno de los cuales puede reducirse a los otros dos y cada uno de los cuales implica a los otros dos. La gente apropiadamente evangelizada quiere dar culto a Dios y anhela ayudar a los necesitados; la ayuda a los necesitados es una forma de proclamar el Evangelio y un vehículo para la enseñanza de la fe; la liturgia, por su propia naturaleza, conduce a la teología (lex orandi, lex credendi) y a la instanciación del reino a través del servicio.

Si me permiten tomar de Monseñor Mannion, también podemos medir con estas categorías las distorsiones típicas de la vida de la Iglesia. Cuando se exagera o se enfatiza exclusivamente la adoración de Dios, la comunidad se vuelve hiper-espiritualizada, desencarnada y en el límite, supersticiosa. Lo que se requiere es la inteligencia crítica que proporciona la teología, así como el fundamento que proporciona el servicio concreto de los pobres. Cuando se exagera la misión evangélica, la Iglesia corre el riesgo de caer en el racionalismo y de perder el contacto afectivo con Dios. Lo que se necesita particularmente en ese caso es el sentido visceral de lo trascendente que proporciona la alabanza litúrgica de Dios. Cuando se hace hincapié en la ayuda a los necesitados, la Iglesia tiende a reducir lo sobrenatural a lo natural, convirtiéndose, como dice el Papa Francisco, en una ONG más que proporciona servicio social. Lo que se requiere en ese caso es el sobrenaturalismo robusto al que se accede mediante una teología y una liturgia sanas. El punto es que es en el juego tenso entre los tres elementos —cada uno complementando y controlando los excesos de los otros dos— que la Iglesia encuentra su salud y equilibrio.

No quiero simplificar demasiado el asunto, ya que hay muchas batallas ideológicas dentro de los tres “grupos”: liturgistas liberales contra liturgistas conservadores, enfoques de izquierda para la evangelización contra enfoques de derecha, etc. Pero podría sugerir que muchas de nuestras disputas en la vida de la Iglesia de hoy tienen que ver con una especie de reduccionismo imperialista. Quiero decir que la gente que está particularmente interesada en la alabanza de Dios a veces piensa que la alabanza de Dios lo es todo; y que la gente que está realmente en la evangelización a veces piensa que toda la Iglesia no debe ser nada más que evangelización; y que la gente que se apasiona por el servicio de los pobres piensa que este ministerio debe “absorber todo el oxígeno en la sala”. En su mejor momento, la Iglesia resiste este tipo de imperialismo, y se puede ver en las vidas de los grandes santos, que parecían tener una idea de la manera en que estos tres ministerios se armonizan. Basta pensar en Teresa de Calcuta, derramándose en el servicio entre los más pobres de los pobres en el peor tugurio del mundo y pasando horas y horas en oración contemplativa; o de Edith Stein, una de las principales intelectuales del siglo XX y una mujer que pasaba horas todos los días en silencio ante el Santísimo Sacramento y que, en el momento culminante de su vida, se ofreció como mártir en nombre de su pueblo; o de Francisco de Asís, que estaba casado con la Dama Pobreza y que, a juzgar por algunas de las pocas cartas auténticas que tenemos de él, estaba muy preocupado por los lienzos del altar y el mantenimiento adecuado de los sagrarios e iglesias.

Por naturaleza, capacitación o predilección personal, cada uno de los bautizados probablemente gravita más fácilmente hacia una u otra de las tareas básicas ratzingerianas. Yo, por ejemplo, me he orientado durante mucho tiempo hacia el trabajo evangélico: predicar, enseñar, escribir, comunicar, etc. Pero no puedo decirles cuántas veces en el curso de mi sacerdocio he tenido que luchar contra un anti-intelectualismo, usualmente justificado a través de un llamado a la urgencia y la primacía del trabajo por la justicia social. Y ciertamente he conocido defensores de esa tercera vía que han soportado ataques de los devotos de la liturgia, afirmando que el servicio de los pobres es “secularista”. Y, de hecho, he conocido liturgistas apasionados que se han visto obligados a soportar burlas por lo quisquillosos y fuera de contacto que están con las necesidades “reales” del pueblo de Dios, etc.

¿Podríamos por favor cortar esto? No sólo es estúpido; también socava de manera crucial el trabajo de la Iglesia, que es una interacción armoniosa y mutuamente correctora de las tres constantes de Ratzinger. Podría terminar con una palabra de aliento a mis hermanos obispos. Una parte importante de nuestro trabajo como “supervisores” (episkopoi) de la Iglesia es asegurar que permanezca una sinfonía dinámica entre los tres carismas básicos.