Hubo más mártires cristianos en el siglo XX que en los diecinueve siglos anteriores combinados. Hitler, Stalin, Mao, Pol Pot y muchos otros de sus colegas totalitarios menos conocidos mataron a millones de cristianos por su fe en ese terrible periodo de cien años. Una de las características más tristes del aún joven siglo XXI es que esa tendencia se mantiene indudablemente. Los cristianos son por mucho el grupo religioso más perseguido en el mundo de hoy, y están muriendo por millares especialmente en el Medio Oriente y en África. Aunque hindúes y budistas han estado atacando cristianos, de lejos sus agresores más eminentes han sido musulmanes radicalizados, siendo los masivos asesinatos en Sri Lanka solo el más reciente ejemplo de este tipo de violencia. He afirmado el hecho de manera simple y clara, pues estoy convencido de que no se encontrará solución alguna hasta que, por fin, hablemos con sinceridad.

Como muchos analistas han señalado, las élites culturales y los medios de comunicación occidentales han reaccionado de modo irrisorio al respecto. Las declaraciones del expresidente Obama y de la ex secretaria de estado Hillary Clinton acerca de los ataques con bombas en Sri Lanka, que se refiere a las víctimas no como cristianos o católicos, sino como “fieles del este”, no son más que un ejemplo particularmente patético al respecto. Pero apenas son mejores los centenares de editoriales, artículos y libros que caracterizan estos ataques como motivados principalmente por razones políticas y económicas, o como el fruto del resentimiento cultural. No tengo ninguna duda de que todos estos factores juegan su papel, pero estaríamos ciegos si no vemos que el principal motor de esta violencia ha sido, y de manera eminente, la religión. Entiendo que no es ventajoso para nadie excitar las diferencias religiosas, especialmente en sociedades plurales, pero negar que la religión ha sido la causa principal de estas atrocidades es ingenuo en el mejor de los casos, sino peligrosamente estúpido.

Buena parte de esto se debe a la idea, todavía tercamente mantenida por la élite de comentaristas de occidente, de que la religión está (o al menos debería estar) desapareciendo lentamente. La “hipótesis de la secularización” propuesta por Comte, Nietzsche y Marx es, a pesar de la gran evidencia en su contra, ampliamente defendida por los líderes de opinión occidentales. Según esta visión lo religioso nunca explica lo que “realmente” está pasando; más bien, es una super estructura que cubre las verdaderas luchas y relaciones económicas, políticas o raciales que se enfrentan por la supremacía cultural. Pero hasta que no veamos las diferencias religiosas como la auténtica causa de la presente violencia, no solucionaremos el problema. Hans Kung es un teólogo con el que raramente estoy de acuerdo, pero estaba totalmente en lo cierto cuando decía que no habrá paz entre las naciones mientras no hay paz entre las religiones. Y no existirá dicha paz mientras las religiones no tengan un terreno común para encontrarse, un contexto donde pueda existir verdadero diálogo y conversación.

¿Pero cuál podría ser ese terreno? ¿No son el cristianismo y el islam —para seguir con el ejemplo de los dos credos que chocan dramáticamente hoy por hoy— sistemas de ideas inconmensurables y mutuamente excluyentes? ¿No están basados en revelaciones que se repugnan entre sí? ¿Puedo sugerir una solución a estas preguntas remontándome a una época anterior? En el siglo XIII, Tomás de Aquino construyó un sistema intelectual, como una catedral por su belleza y complejidad, como base para la fe y la razón. Para articular el significado de la revelación cristiana, utilizó las herramientas científicas y filosóficas que tenía a la mano. Para construir su edificio racional, se basó en filósofos paganos, judíos y cristianos, y entre sus más importantes influencias se cuentan filósofos y teólogos de tradición islámica. La metafísica de Santo Tomás sería impensable sin los trabajos de Averroes, Avicena e Ibn Gabirol, todos ellos teóricos musulmanes. Durante la alta edad media, los cristianos y los musulmanes dialogaron con la base de una herencia intelectual común, pero fue precisamente el declive de la influencia de los estos grandes filósofos dentro del islam y el surgimiento de una tendencia voluntarista y positivista, lo que contribuyó enormemente al surgimiento de los presentes conflictos. Y si no fuera por las poderosas emociones que evoca el incómodo ejemplo de una disfuncional conversación entre un cristiano y un musulmán, podríamos referirnos al famoso discurso de Ratisbona de Benedicto XVI. Lo que el papa quería instigar con su alocución era la renovación de una tradición inherente al cristianismo, a saber, el uso de la razón enraizado en la convicción de que Jesús es la encarnación del Logos (razón) de Dios. Mientras la marca identitaria de la religión sea la voluntad (y en con esto criticaba al radicalismo islámico contemporáneo), ésta tenderá a recurrir a la violencia. Y al traer a colación la tradición del Logos, llamaba al islam a retornar a una dimensión olvidada y quizá poco utilizada de su propia tradición.

¿Algunos musulmanes atacan cristianos hoy en día por motivos y razones religiosas? Sí. ¿Al menos una parte importante del problema se encuentra en la tendencia voluntarista e irracional que existe dentro del islam? Sí. ¿Cuál es el camino a seguir? Si puedo citar a un profeta sagrado tanto para el islam como para el cristianismo diría: “Ven, razonemos juntos”.