Cuando ejercía a tiempo completo el ministerio parroquial, una de mis actividades favoritas era hacer bautismos. Puse “bautismos” en plural, porque casi nunca bautizaba a un solo bebé a la vez, pero normalmente eran diez o una docena. Típicamente, el grupo bastante grande de familiares y amigos se reunía en los primeros bancos de la Iglesia de San Pablo de la Cruz alrededor de las 2 de la tarde de un domingo, yo les daba la bienvenida y hacía una breve descripción de lo que estaba a punto de suceder, y entonces la feliz cacofonía de doce bebés llorando a la vez comenzaba inevitablemente. Yo llegaba a hacer los bautismos, con todas sus oraciones, a gritos, y al final todo el mundo estaba feliz. Ahora que soy obispo, tengo menos ocasiones de bautizar, y las echo de menos. Pero la semana pasada hubo una excepción, cuando tuve el placer de recibir en la iglesia a Hazel Rose Cummins, la hija de Doug Cummins y su esposa Erica. Doug es nuestro productor asociado de Word on Fire en Santa Bárbara.

Me gustaría compartir con todos ustedes lo que prediqué al grupo reunido afuera (son tiempos de COVID) de la Iglesia de San Roque en Santa Bárbara para la ceremonia. Les pregunté si habían escuchado la historia del Padre Matthew Hood, un sacerdote de la Arquidiócesis de Detroit, que descubrió, después de ver un video de su propio bautismo, que había sido bautizado inválidamente. El diácono que había realizado la ceremonia no usó las palabras adecuadas, y como resultado, el Padre Hood no había sido recibido en la Iglesia. Y como consecuencia de esto, no había recibido válidamente la Primera Comunión, la Confirmación o la ordenación sacerdotal, ya que todos esos sacramentos dependen de la legitimidad del Bautismo. Ahora, una vez que esto se descubrió, el Arzobispo de Detroit administró todos los sacramentos relevantes al Padre Hood y el joven pudo ejercer su ministerio como sacerdote. Podrías pensar, “Bueno, es una historia extraña con un final feliz”, pero nos dice, de hecho, algo extremadamente importante en cuanto a la comprensión de la Iglesia sobre el Bautismo. Nosotros creemos que, a través de las palabras y gestos del sacramento, algo real sucede. El bautismo no es simplemente una celebración de una nueva vida, o incluso un acto de rezar y ofrecer un niño a Dios. Si eso es todo, parafraseando a Flannery O’Connor, al diablo con el bautismo. Es, más bien, el signo visible de la gracia invisible de la incorporación al Cuerpo Místico de Jesús. Cambia una situación objetiva, lo reconozcamos o no.

Habiendo dicho todo esto, entonces enfaticé lo que podríamos llamar el lado subjetivo del Bautismo. Como había bastantes jóvenes presentes, utilicé la trillada parábola del huevo de águila que se cayó del nido y cayó en medio de una bandada de pollos. Cuando el aguilucho nació, el único mundo que conoció fue el de los pollos, y por eso pasó sus primeros años picoteando el suelo y nunca extendiendo sus grandes alas. Un día, continué, un águila majestuosa voló por encima y vio a su joven compañero en el suelo, actuando como una gallina. “¿Qué te pasa?”, preguntó. “¿No sabes quién eres?”. Luego le enseñó al joven águila cómo desplegar sus alas y volar.

Así sucede en el orden espiritual. Cada bautizado es, objetivamente hablando, un hijo de Dios, divinizado y destinado a ser un gran santo. Pero el problema es que la mayoría de los que han recibido esta nueva identidad la olvidan rápidamente y asumen las creencias y prácticas del mundo. Siguiendo los impulsos de la televisión, el cine, los medios sociales, las estrellas del pop y los ideólogos secularistas, nos entregamos a la adquisición de riqueza o poder o éxito material o fama. Estas cosas no son malas en sí mismas, pero considerarlas nuestro valor más alto y correr tras ellas con todos nuestros poderes equivale a picotear el suelo como las gallinas. Lo que necesitamos, le dije a la pequeña asamblea reunida para el bautismo de Hazel, es una fuerte comunidad de gente que le recuerde a esta niña quién es. No fueron ellos quienes la hicieron hija de Dios; Cristo lo hizo, a través de la mediación del Bautismo. Pero ellos pueden enseñarle a no conformarse con ser un patético simulacro de lo que está destinada a ser. Todo lo que le enseñan, todo lo que le animan a hacer, debe estar dirigido al gran fin de ser santa.

A veces me he preguntado cómo sería este país si todos los que se bautizan (que creo que sigue siendo la mayor parte de la nación) vivieran a la altura de su identidad como hijos de Dios. ¿Y si todos los que están destinados a volar dejaran de hurgar en el suelo? Sería una verdadera revolución americana.