Es claro que la tradición bíblica enfatiza que Dios es radicalmente otro: “Verdaderamente, Tú eres un Dios que se esconde, Oh Dios de Israel, el Salvador” (Isaías 45:15) y “Nadie Lo verá y vivirá” (Éxodo 33:20). Esto denota el hecho de que quien ha creado el universo entero de la nada no puede ser, Él mismo, un ítem más del universo, un ser más junto a otros. Pero al mismo tiempo, la Escritura da testimonio de la omnipresencia de Dios: “Tu Sabiduría alcanza de un extremo al otro de la tierra, y todo lo ordena bien” (Sabiduría 8:1) y “¿A dónde escaparé de tu Espíritu? ¿A dónde huiré de tu presencia? Si asciendo a los cielos, ahí estás Tú; . . . Si con las alas de la mañana me remonto a los confines del mar, aún ahí tu mano me guía, tu diestra me sostiene” (Salmo 139: 7-12). Esto nos habla del hecho de que Dios sostiene al universo en su existencia a cada momento, como un cantante sostiene una nota.

Quizás el más sorprendente aspecto de la espiritualidad de San Ignacio de Loyola —encontrar a Dios en todas las cosas— se desprende de esta segunda verdad bíblica. A pesar de su trascendencia, Dios no debe ser pensado como distante en ningún sentido convencional del término, y ciertamente no en el sentido deísta. Más bien, como pensaba Tomás de Aquino, Dios está en todas las cosas “en esencia, presencia y poder”. Y recordemos que, como Dios posee Intelecto, Voluntad y Libertad, nunca está presente  de forma muda, sino siempre personal e intencionalmente, ofreciéndonos algo de sí mismo. Por eso, la búsqueda de Dios puede comenzar aquí y ahora, con lo que tengamos a mano.

Una de las antiguas preguntas del viejo Catecismo de Baltimore era “¿Dónde está Dios?” La respuesta correcta era “en todas partes”. Una vez que esta verdad sale a flote, nuestras vidas cambian irrevocablemente, porque cada persona, cada evento, cada pena, cada encuentro se convierten en una oportunidad de comunión con Dios. Un maestro espiritual del siglo XVII, Jean-Pierre de Caussade, expresa la misma idea cuando dice que todo lo que nos pasa es, directa o indirectamente, la voluntad de Dios. Una vez más, es imposible aceptar la verdad de dicha afirmación y seguir siendo la misma persona. Que “todas las cosas” estén tocadas por la gracia de inicio, es el punto de partida de la espiritualidad ignaciana.

Ignacio ha estado muy presente en mi mente, pues estoy en Europa filmando un documental sobre su vida y enseñanzas para Las Figuras Esenciales. En el largo viaje de Los Ángeles a Roma, tuve la ocasión de vivir el principio del que hablo. Amo los mapas desde que era niño, así que cuando me encuentro en un largo viaje de avión, paso un buen tiempo con el mapa del vuelo, que muestra en tiempo real la localización del avión a la par que los lugares que sobrevuela. Leí y luego vi algunos videos la primera parte del vuelo y me dormí mientras atravesábamos el Atlántico, pero cuando desperté, empecé a estudiar el mapa con gran detenimiento. Justo pasábamos por Irlanda del Norte, y podía ver claras indicaciones de Dublín, donde nacieron mi padre y mi madre, y de Waterford, de donde era el abuelo de mi padre. Empecé a pensar en estos hombres, ninguno de los cuales conocí jamás, que guardaron la fe católica hasta llegar a mi padre y a mi madre y finalmente a mí, como mera gracia.

Mientras el avión continuaba su viaje a través del Canal de la Mancha, el norte de Francia empezó a verse en el mapa, y vi el gran nombre de “París”. Instantáneamente, un torrente de recuerdos inundaron mi memoria: mi pequeña habitación en la Redemptorist House en el Boulevard Montparnasse, Notre Dame, donde daba visitas guiadas a los visitantes de habla inglesa; el Institute Catholic, donde cursé mi doctorado; todos mis amigos parisinos, profesores y colegas que me acompañaron durante esos tres años; la belleza de París en un día lluvioso. Y todo esto, lo sabía, era una gracia, puro regalo.

A continuación vi que nos acercábamos a Los Alpes y abrí la persiana para ver las cimas nevadas que brillaban por el sol. ¿Cómo no apreciar estas vistas, con las que innumerables generaciones de hombres no podrían ni haber soñado, como un espléndido regalo?

En una palabra, el simple estudio de un mapa al final de un tedioso viaje puede convertirse en una maravillosa ocasión para la gracia. Me pregunto si encontraríamos estas experiencias menos raras si reflexionáramos en el hecho de que Dios quiere activamente compartir su vida con nosotros, quiere comunicarse con nosotros. Tal vez, el problema es que nos obstinamos en pensar en Dios con una mentalidad deísta y lo relegamos a un lugar sin importancia. Entonces nos cargamos a la espalda el peso espiritual de tener que encontrar una manera de escalar la montaña santa o de impresionar suficientemente a un exigente amo. ¿Qué pasaría si aceptáramos la profunda noción bíblica de que Dios está ya trabajosa y apasionadamente buscándonos, siempre tratando de buscar formas de llenarnos de gracia con su Amor? ¿Qué pasaría si aceptáramos con alegría la verdad de que Dios puede encontrarnos, como Ignacio pensaba, en todas las cosas?