Escribo estas palabras el Jueves Santo, cuando el mundo cristiano entra en la época más santa y espiritualmente intensa del año. El largo tiempo de Cuaresma nos ha preparado para ahondar una vez más en el misterio de la muerte y resurrección del Señor Jesús. Mientras contemplaba los acontecimientos del Jueves Santo, el Viernes Santo y el Domingo de Pascua, mi mente se ha vuelto, una y otra vez, hacia el hecho brutal del dolor. Tal vez esto estaba condicionado por una conversación reciente que tuve con Jordan Peterson, quien comentó que el dolor es de alguna manera metafísicamente básico. Lo que quiso decir es que incluso el filósofo más escéptico tendría que admitir la existencia del dolor y tener que lidiar con él. Por mucho que intentemos huir del mundo de la materia, nuestros cuerpos y nuestras mentes simplemente no nos permitirán dejar de lado el hecho y el problema del sufrimiento.

Todo el mundo sufre y en una variedad de niveles. Los bebés sufren de hambre y sed, y sus gritos penetrantes nos lo recuerdan. Todos experimentamos cortes, ampollas, moretones, huesos rotos, infecciones, sarpullidos y sangrado. Si vivimos lo suficiente, desarrollamos cánceres; nuestras arterias se atascan y sufrimos ataques al corazón y derrames cerebrales. Muchos de nosotros hemos pasado mucho tiempo en hospitales, donde languidecimos en la cama, incapaces de funcionar. Innumerables personas viven ahora con dolor crónico, sin ninguna esperanza real de curación. Y mientras compongo estas palabras, miles de personas alrededor del mundo están muriendo, jadeando por sus últimos alientos.

Pero el dolor no se limita en absoluto a la dimensión física. En muchos sentidos, el sufrimiento psicológico es más agudo, más terrible, que el dolor corporal. Incluso los niños pequeños experimentan el aislamiento y el miedo al abandono. Desde que somos pequeños, sabemos lo que es sentir rechazo y humillación. Un tremendo sufrimiento psicológico surge de la soledad, y he experimentado esto varias veces en mi vida, particularmente cuando empecé en una nueva escuela en una ciudad que no conocía. Comenzar el día de uno y no tener una perspectiva realista de conexión humana es simplemente infernal. Y prácticamente todos han tenido la terrible experiencia de perder a un ser querido. Cuando te das cuenta de que esta persona, que es tan importante para ti, simplemente ha desaparecido de este mundo, entras en un reino de oscuridad como ningún otro. ¿Y quién puede olvidar la terrible textura de la sensación de ser traicionado? Cuando alguien que estabas convencido de que era un amigo, totalmente de tu lado, se vuelve contra ti, sientes como si el fundamento de tu vida hubiera cedido.

Pero no hemos mirado hasta el fondo del pozo del sufrimiento, porque también hay lo que podría llamar dolor existencial. Este es el sufrimiento que surge de la pérdida de sentido y finalidad. Alguien podría estar físicamente bien e incluso psicológicamente equilibrado, pero al mismo tiempo podría estar trabajando bajo el peso de la desesperación. El adagio de Jean-Paul Sartre “la vie est absurde” (la vida es absurda) o “Dios está muerto” de Friedrich Nietzsche expresan este estado de ánimo. Al examinar estos diversos niveles de dolor, sentimos la profunda verdad en la convicción budista de que “toda la vida es sufrimiento”.

Ahora quiero dar otro paso importante. Hay una conexión muy estrecha entre el dolor y el pecado. La mayor parte del daño que hacemos intencionalmente a otras personas es causada por el sufrimiento. Para evitarlo, vengarlo o adelantarnos a él, lo infligimos a otros. Y este es el leitmotiv de gran parte de la oscura y enredada historia de la humanidad. Más concretamente, sólo considera cómo te comportas con los demás cuando estás sufriendo mucho.

Mi amable lector probablemente se esté preguntando a estas alturas por qué he estado insistiendo tanto en estas verdades oscuras. La razón es simple. En la época más santa del año, la Iglesia nos presenta la imagen de un hombre que experimenta prácticamente todo tipo de dolor. La cruz romana fue quizás el instrumento de tortura más perversamente inteligente jamás concebido. La persona cuya mala suerte infinita era colgar de ella moría muy lentamente de asfixia y desangramiento, incluso mientras se retorcía en un dolor literalmente insoportable (en inglés “dolor insoportable” se dice “excruciating pain”, “excruciating” viene de ex cruce, de la cruz). Así es como murió Jesús: en el límite del sufrimiento físico, cubierto de moretones y laceraciones. Pero más que eso, murió en una angustia psicológica igualmente insoportable. Sus amigos más cercanos lo habían abandonado, traicionado o negado; los transeúntes se reían de él y le escupían; las autoridades, tanto religiosas como políticas, se burlaban de él. Y me atrevería a decir que también estaba en las garras de algo así como el sufrimiento existencial. El terrible grito: “Dios, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” sólo podía venir de un sentido de distancia de la fuente del sentido.

Sin embargo, el que colgaba de esa terrible cruz no era sólo un hombre; él también era Dios. Y esta verdad es la bisagra sobre la cual gira el Misterio Pascual. Dios ha asumido todo el dolor que aflige la condición humana: físico, psicológico y espiritual. Dios va a los lugares más oscuros que habitamos. Dios experimenta el brutal hecho metafísico del sufrimiento en todas sus dimensiones. ¡Y esto significa que el dolor no tiene la última palabra! Esto significa que el dolor ha sido envuelto en la misericordia divina. Y esto implica, finalmente, que el pecado ha sido tratado. Una vez que entendemos que el amor de Dios es más poderoso que el sufrimiento, hemos perdido, al menos en principio, la motivación para pecar.

Estos maravillosos días de Pascua nos enseñan que el dolor, de hecho, no es metafísicamente básico. La misericordia divina es metafísicamente básica. Y en eso está nuestra salvación.