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El Desastre McCarrick

by Bishop Robert BarronAugust 08, 2018

Cuando estaba en la escuela, el diablo se nos presentaba como un mito, como un artificio literario, una manera simbólica para explicar la presencia del mal en el mundo. Admito haber asumido en gran medida esta visión y haber perdido de vista que el diablo es una persona espiritual real. Lo que sacudió mi escepticismo sobre el maligno fueron los escándalos sexuales del clero de los noventa y a principios del dos mil. Digo esto porque esta horrible crisis parecía demasiado bien pensada y coordinada como para ser el simple fruto del azar o de elecciones malvadas del hombre. El diablo ha sido caracterizado como “el enemigo de la raza humana” y particularmente como el enemigo de la Iglesia. Reto a cualquiera a idear una estrategia más devastadoramente efectiva para atacar al cuerpo místico de Cristo, que el abuso de niños y jóvenes por parte de sacerdotes. Esta claro que este pecado tiene incontables víctimas directas, pero también ha destruido las finanzas de la Iglesia, ha disminuido las vocaciones, conseguido que muchos pierdan su confianza en el cristianismo, comprometido dramáticamente los esfuerzos de evangelización, etc. Toda una obra maestra del diablo.

Una vez, a comienzos de siglo, mientras asistía a un congreso, me encontré caminando solo por un área en la que grupos y organizaciones habían montado sus puestos. Me acerqué a una de las mesas y una mujer me dijo “¿Usted es el padre Barron, verdad?” Respondí afirmativamente, y ella continuó: “Está haciendo una gran labor por la Iglesia, y eso quiere decir que el diablo quiere detenerlo. Y como sabe, el es mucho más listo que usted y bastante más poderoso”. Creo que solo alcancé a balbucearle alguna frase en aquella ocasión, pero aquella mujer tenía razón, y yo lo sabía. Todo esto me ha vuelto a la mente cuando empezó la catástrofe en torno al arzobispo McCarrick. San Pablo nos advirtió que batallamos, no contra la carne y la sangre, sino contra “principados y potestades”. Por eso, la principal ocupación de la Iglesia en estos momentos difíciles debe ser la oración, la constante y consciente invocación de Cristo y de los santos.

Ya puedo oír a la gente diciendo: “Así que monseñor Barron le está echando toda la culpa al diablo”. Para nada. El diablo actúa tentando, sugiriendo e insinuando, y no logra nada sin que nosotros cooperemos. Para ilustrar este punto, te recomiendo que googlees la  imagen del anticristo de Lucas Signorelli, que está en la catedral de Orvieto. Monseñor McCarrick cometió acciones atroces y también lo hicieron, aparentemente, aquellos que le dejaron actuar así, y tenemos que reconocer que se cometieron estos pecados.

Antes de abordar este asunto, permítanme decir algunas palabras sobre estrategias poco útiles que se esgrimen por ahí. La primera es la utilización indiscriminada de chivos expiatorios. El gran filósofo René Girard nos enseñó que cuando una comunidad está en crisis, la gente empieza a buscar indiscriminadamente a una persona o grupo a quien culpar. En la catarsis que se sigue de la acusación, se encuentra cierto tipo de alivio, cierto sucedáneo de paz. “¡Todos los obispos deberían renunciar!”, “¡El sacerdocio es caldo de cultivo de inmoralidades!”, “¡Todos los seminarios están corrompidos!”; como dije, estas afirmaciones pueden ser emocionalmente efectivas a cierto nivel, pero son profundamente injustas y empeoran la situación en vez de mejorarla. La segunda estrategia negativa es la de montarse a un caballo de batalla ideológico. Tantos comentaristas — de derecha, izquierda o centro saltaron a decir que la verdadera causa del desastre fue escoge tu favorita el haber ignorado Humanae Vitae, el celibato sacerdotal, la homosexualidad rampante que hay en la Iglesia, la revolución sexual, etc. Ojo, no digo ni por un instante que estas no sean consideraciones importantes o que algunas de estas no tengan ningún mérito real. Lo que estoy diciendo es que enzarzarnos en una consideración sobre asuntos que hemos estado discutiendo por décadas y que seguramente no admitan una solución fácil, implica ahora mismo una distracción.

¿Entonces qué hay que hacer? La Conferencia Episcopal de los Estados Unidos (USCCB) no tiene autoridad jurídica o canónica para disciplinar obispos. E incluso si intentara hacer una investigación, tiene en este momento poca o ninguna credibilidad. Solo el Papa tiene autoridad y poderes disciplinarios sobre los obispos. Así que, yo sugeriría (como el simple obispo auxiliar que soy) que los obispos de los Estados Unidos todos nosotros le pidamos al Santo Padre que se forme un equipo, compuesto sobre todo por fieles laicos competentes, y darle acceso a toda la documentación relevante y a los registros financieros. Su tarea debería ser la de determinar cómo pudo monseñor McCarrick, a pesar de su pésima reputación, alcanzar cargos importantes en la jerarquía y continuar siendo, incluso tras su retiro, una de las caras visibles de la Iglesia y teniendo una influencia desproporcionada en la elección de obispos. Deberían preguntar una versión eclesiástica de la famosa pregunta del senador Howard Baker: “¿Qué sabían las partes responsables y cuándo lo supieron?” Solo cuando estos asuntos hayan sido determinados sabremos qué dirección tomar.

Mientras tanto, y sobre todo, oremos al cielo para que combata por nosotros. Yo sugeriría que invoquemos especialmente la intercesión de aquella que aplasta la cabeza de la serpiente.