Estoy seguro de que cada persona religiosa, cada creyente en Dios, en algún momento se pregunta: “¿Por qué Dios no arregla todo?”. ¿Por qué el Creador del universo, todopoderoso y amoroso, no se encarga de la injusticia, el sufrimiento, la violencia y el pecado que tanto afligen a su mundo? Podemos escuchar precisamente este grito en los profetas del antiguo Israel. Todos ellos, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Oseas, Zacarías, etc., dicen de una manera u otra: “¿Hasta cuándo, Señor?”. Una forma que toma esta expectativa es el anhelo de que el Dios de Israel venga a reinar como rey, es decir, como alguien que tiene el poder y la autoridad para corregir todo mal. La primera lectura que la Iglesia Católica propone para la misa de la mañana de Navidad es un pasaje del capítulo 52 del profeta Isaías, y habla exactamente en estos términos: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: Ya reina tu Dios!” (Isaías 52, 7). El profeta está visualizando el gran día en que Yahvé se hará cargo y pondrá las cosas en orden, cuando “desnude su santo brazo a la vista de todas las naciones” (Isaías 52, 10), es decir, se arremangue para afirmar su dominio sobre sus enemigos.

El mensaje fundamental de la Navidad es que esta profecía se ha hecho realidad, pero de la manera más inesperada. Para entenderlo, veamos primero el magnífico poema con el que San Juan abre su Evangelio: “Al principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios . . . La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1, 1.14) Lo que es de suprema importancia aquí es que Jesús de Nazaret no es simplemente uno más en una larga línea de profetas, ni un sabio más, ni un héroe religioso más; más bien, es lo que Isaías y sus colegas profetas anhelaban: el mismo Dios en la carne, que viene a gobernar. Sabemos que en esta encarnación de Dios está involucrada la autoridad real, porque San Juan nos recuerda: “En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres; la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron” (Juan 1, 3-4). El evangelista nos está diciendo que la Palabra ha venido a luchar contra un enemigo, y el enemigo no prevalecerá.

Si pasamos de Juan a la conocida historia de la Navidad, tal como la relata San Lucas, apreciaremos la parte inesperada de este mensaje. ¿Quién es este guerrero, este campeón divino que viene a corregir los males del mundo? Es un bebé, nacido en una cueva porque no había espacio para él ni siquiera en los hostales de viajeros más baratos de Belén; colocado en un pesebre, el lugar donde los animales comen; envuelto en pañales, sin poder moverse. ¿Cuál es el brazo poderoso de Yavé, desnudo para que todas las naciones lo vean? Es el brazo desnudo de un niño pequeño que sale del pesebre. Ellos esperaban un guerrero davídico, empuñando las armas del mundo, estableciendo la supremacía de Israel a través de una conquista sangrienta. Tienen un guerrero, pero uno que lucharía con las armas del cielo, no de la tierra. ¿Cómo sabemos, por lo que dice Lucas, que se trata de un rey guerrero? Su nacimiento es anunciado por todo un stratias (ejército) de ángeles, seres de inmenso poder, que subsisten en un nivel de existencia más elevado (Lucas 2,13). César pudo dominar el mundo precisamente gracias a su ejército. Lucas nos dice que el rey bebé tiene un ejército mucho más impresionante.

Los Evangelios pueden ser leídos como la historia del Rey divino/humano que viene a reinar. En la cruz, entró en un combate cuerpo a cuerpo con los enemigos de Dios, combatiéndolos por medio del perdón y la no violencia; y en la Resurrección, manifestó su victoria decisiva. El amor de Dios, ahora podemos decir con total confianza, es más poderoso que el pecado y la muerte. Pero hay más en esta extraña historia, y una mirada al prólogo de San Juan nos ayudará a entender qué es esto. El evangelista dice de la Palabra: “En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció” (Juan 1, 10). El tercer “mundo” que Juan usa se refiere a todo lo que se opone a las intenciones de Dios, el reino del pecado. “Pero a los que la recibieron, a los que creen en ella, los hizo capaces de ser hijos de Dios” (Juan 1, 12). En un sentido, Jesús el rey terminó el trabajo, luchó y ganó la batalla. Pero al mismo tiempo, es eminentemente claro que el pecado y la muerte siguen activos, y por lo tanto, el Rey nos da el privilegio de participar en su identidad y misión.

Ser “hijo de Dios” no es tanto un estatus especial en el que nos regocijamos, sino más bien un poder para luchar en el ejército del Rey, para unirnos a él en la gran lucha. Como nuestro maestro, entramos en combate, pero con las armas del Espíritu. Si nos fijamos en la carta de Pablo a los Efesios, vemos exactamente cómo es esto: “Por lo demás, fortalézcanse con el Señor y con su fuerza poderosa. Vístanse la armadura de Dios para poder resistir los engaños del Diablo . . . Por tanto, tomen las armas de Dios . . . vistan la coraza de la justicia . . . Tengan siempre en la mano el escudo de la fe . . . Pónganse el casco de la salvación, y empuñen la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios” (Efesios 6, 10-17). Qué maravilloso que San Pablo nos dé una descripción de la misión cristiana que es, simultáneamente, ¡completamente militante y completamente no violenta!

Así que, mientras nos envolvemos nuevamente en esta temporada navideña, regocijémonos en la venida del Salvador; y sin dejar de regocijarnos, decidamos unirnos al Señor, como guerreros felices, en su gran campaña.