Las tres prácticas espirituales clásicas que la Iglesia nos insta a abrazar durante la Cuaresma son la oración, el ayuno y la limosna. Animo a todos mis lectores a seguir esta recomendación, quizás intensificando cada una de las tres durante este tiempo santo. Pero hay otra disciplina de Cuaresma que me gustaría proponer, inspirada en las lecturas del Evangelio de esta semana: perdonar a un enemigo.

Hay suficiente ira en la comunidad católica para iluminar la costa este durante todo un año. No digo esto contra los católicos en particular; Diría lo mismo de cualquier grupo de seres humanos. Todos nosotros estamos sentados sobre un montón de rabia no resuelta. Tomás de Aquino define el pecado mortal de la ira en su típica manera concisa como un deseo irracional o excesivo de venganza. Cada uno de nosotros ha sido herido por alguien, agredido, injustamente dañado, insultado, tal vez en un grado extremo. Y así, naturalmente, albergamos el deseo de responder de la misma manera. Existe la ira justificada, que no es más que una pasión por corregir los errores. Piensen en la “ira” mostrada por Jesús cuando limpió el templo o por Martin Luther King cuando lideró el movimiento de derechos civiles. Esa justa indignación es digna de alabanza. Pero muchos de nosotros, seamos honestos, cultivamos una pasión excesiva e irrazonable de vengarnos de aquellos que nos han hecho daño. Pasamos una cantidad extraordinaria de tiempo fantaseando sobre lo que podríamos decir y hacer a nuestros enemigos si alguna vez tuviéramos la oportunidad o el poder necesario. Esto es lo que Tomás de Aquino quiere decir con el “pecado mortal” de la ira.

Y esto es precisamente lo que Jesús nos insta a sacar de nuestras almas precisamente a través del acto, ciertamente desgarrador, de perdonar a nuestros enemigos. En el Sermón de la Montaña, el Señor enseña: “Ustedes han oído que se dijo a los antiguos: No matarás… Pues yo les digo que todo el que se enoje contra su hermano responderá ante el tribunal Si mientras llevas tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano”. Y en lo que constituye, a mi juicio, el punto culminante retórico y espiritual del Sermón, Jesús dice: “Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos”. Esta enseñanza no tiene sentido a menos que asumamos que tenemos verdaderos enemigos, es decir, personas que nos han dañado injusta y agresivamente. Pero el Señor nos convoca más allá del deseo de venganza, incluso más allá de la estricta justicia de la lex talionis (la ley del talión), el principio del “ojo por ojo”. Él insiste en que amemos a los que nos han hecho enojar, que deseemos su bien.

Hace unos veinticinco años, el cardenal Joseph Bernardin de Chicago fue acusado por un joven llamado Steven Cook de conducta sexual impropia. En un discurso dado en el Seminario Mundelein poco después, el cardenal dijo que estaba devastado por esta acusación, de hecho, tan desmoralizado y traumatizado que se había puesto a rezar, recostado boca abajo con los brazos extendidos en el suelo de su capilla, para que el Señor le librara de la vergüenza y el dolor que sentía. Después de dos meses agonizantes, Cook retiró la acusación, admitiendo que se basaba en un falso recuerdo. ¿Quién habría culpado al cardenal Bernardin si hubiera dicho: “¡Adios!” y no hubiera tenido nada más que ver con Steven Cook? Pero el cardenal no hizo eso. En su lugar, viajó a ver al joven, le regaló una biblia, lo ungió (Cook se estaba muriendo de SIDA) y le ofreció su perdón. Así es el amor, y no sólo la tolerancia, de un enemigo. Hace algunas décadas, una familia amish —madre, padre e hijo— se abría camino, como es su costumbre, en una calesa tirada por caballos. Un coche lleno de adolescentes alborotados se acercó por detrás de ellos y comenzó a seguirlos con impaciencia. Finalmente, se desviaron alrededor de la calesa y uno de los chicos lanzó un ladrillo en dirección al caballo. El proyectil no alcanzó al animal, pero golpeó al joven, matándolo al instante. ¿Quién podría haber culpado a los padres afligidos si se hubieran vuelto contra el asesino de su hijo? En cambio, se presentaron en el juicio del adolescente y le rogaron al juez que fuera indulgente y luego, durante el tiempo de su encarcelamiento, lo visitaron regularmente. Ese es otro icono del amor al enemigo.

¿Puedo instar a todos mis lectores a que recuerden a un enemigo? Mantengan una imagen de él o ella en su mente, alguien que les haya hecho un daño real. Esta Cuaresma, inventen una manera de amar a esa persona, de sanar esa relación. Puede ser una llamada telefónica, un correo electrónico, una visita, un gesto, pero háganlo como una práctica saludable de Cuaresma.