Vi la película 1917 la vigilia de la fiesta del Bautismo del Señor, y creo que hay una conexión entre la película y la celebración litúrgica. Tengan paciencia.

En primer lugar, como comentan todos los que lo han visto, el montaje y la cinematografía de 1917 son tan sorprendentes que parece desarrollarse completamente en tiempo real, el resultado de una toma continua. Piensen en la famosa escena de la película Goodfellas (Uno de los nuestros en España y Buenos muchachos en Hispanoamérica), donde Ray Liotta y la chica con la que tenía una cita entran en el club nocturno, pero estirada durante dos horas. Lo que esto produce en el espectador es una sensación casi inédita de estar allí, experimentando los acontecimientos con los personajes de la película. Y ser insertados en la Primera Guerra Mundial es, por decirlo suavemente, horroroso. Obviamente, todas las guerras son terribles, pero hubo algo singularmente espantoso en la Primera Guerra Mundial: la opresión de las trincheras, las enfermedades desenfrenadas, la desesperanza de luchar por unos pocos cientos de metros de tierra arrasada, las ratas (que juegan un papel prominente y repugnante en 1917), y, sobre todo, la matanza masiva que fue el resultado de combinar una estrategia militar anticuada y armamento moderno. Como lo atestiguan tantos pensadores y escritores que participaron en ella —Paul Tillich, J.R.R. Tolkien, Ludwig Wittgenstein, Ernest Hemingway, etc.— la Primera Guerra Mundial representó, como ninguna otra guerra hasta esa fecha, un colapso, un cambio radical, una calamidad cultural.

Y una de las principales razones del desastre de la Guerra, que con demasiada frecuencia se pasa por alto a mi juicio, es de naturaleza espiritual. Casi todos los combatientes de la Primera Guerra Mundial eran cristianos. Durante cinco terribles años, una orgía de violencia estalló entre bautizados: cristianos ingleses, franceses, canadienses, estadounidenses, rusos y belgas, que asesinaron a cristianos alemanes, austriacos, húngaros y búlgaros. Y esta carnicería tuvo lugar a una escala que todavía nos deja perplejos. Los cincuenta y ocho mil estadounidenses muertos durante todo el transcurso de la guerra de Vietnam son casi un “fin de semana de trabajo”, comparado a los peores días de la Primera Guerra Mundial. Si sumamos las muertes militares y civiles acumuladas durante la Guerra, llegamos —estimación moderada— a una cifra de unos cuarenta millones. ¿Y por qué precisamente estaban peleando? Desafío a todos, excepto a los historiadores más especializados de la época, a que me lo digan. Sea lo que sea, ¿alguien puede decir honestamente que valió la pena la muerte de cuarenta millones de personas? No estoy abogando por el pacifismo. Pero en realidad estoy invocando los principios de la guerra justa de la Iglesia, uno de los cuales es la proporcionalidad, es decir, que debe haber una proporción entre los bienes alcanzados por la guerra y el costo involucrado en el logro de esos bienes, si se quiere que la guerra sea calificada como justificada. ¿Se obtuvo tal proporcionalidad entre los medios y los fines en la Primera Guerra Mundial? Tristemente, creo que la pregunta se responde sola.

Lo que quiero decir, una vez más, es que esta catástrofe moral se desarrolló en el corazón de la Europa cristiana, casi exclusivamente entre personas bautizadas, todas ellas presumiblemente instruidas en los principios morales de Jesucristo. ¿Cuántos cristianos de esa época levantaron sus voces de protesta, se negaron a cooperar con la locura de la guerra, colocaron sus identidades religiosas por encima de sus identidades étnicas o nacionales? Esas preguntas también se responden por sí solas, lo que me lleva a la fiesta del Bautismo del Señor. Según la teología de la Iglesia, el Bautismo implica el injerto de una persona en el Hijo de Dios, lo que implica una participación en la relación entre el Hijo y el Padre en la unidad del Espíritu Santo. Es infinitamente más que la adhesión a un club o sociedad; es una participación en la vida interior de Dios. Otra forma de decirlo es esta: El bautismo inserta a la persona en el Cuerpo Místico de Jesús, que es un organismo más que una organización. Por lo tanto, todos los bautizados, a pesar de las diferencias, incluso dramáticas, a nivel cultural, político o étnico, están relacionados entre sí, implicados unos con otros, como las células y los órganos de un cuerpo. Olvidar esta verdad, o incluso restarle importancia, es perder lo que significa ser cristiano.

Durante los últimos años, he estado estudiando el fenómeno de la desafiliación y la pérdida de la fe en las culturas de Occidente. Y siguiendo los consejos de muchos grandes académicos, he identificado una serie de desarrollos a nivel intelectual —desde el fin de la Edad Media hasta la Ilustración y el posmodernismo— que han contribuido a esta degradación. Pero he sostenido por mucho tiempo —y la película de 1917 lo recordó vívidamente— que una de las causas del colapso de la religión en Europa, y cada vez más en Occidente en general, fue el desastre moral de la Primera Guerra Mundial, que fue esencialmente una crisis de la identidad cristiana. Algo se rompió en la cultura cristiana, y nunca nos hemos recuperado de ello. Si para decenas de millones de combatientes en esa terrible guerra su bautismo significaba tan poco, entonces ¿cuál era, finalmente, la diferencia del cristianismo? Y si no hay una diferencia concreta en el cristianismo, ¿por qué no lo dejamos atrás y seguimos adelante?

Me pregunto si podríamos tomar la Fiesta del Bautismo del Señor como una oportunidad para pensar más profundamente acerca de las implicaciones morales de ser un hijo o una hija de Dios, y por lo tanto un hermano para todos los demás en el Cuerpo Místico de Jesús. Y me pregunto si podríamos mirar largo y tendido esta maravillosa e inquietante película para ver lo que sucede cuando los cristianos olvidan quiénes son.